Plásticas

Delicado conjuro artístico

Jorge Albán


Lucía Madriz en la sala de exposiciones de La Nación: para detenerse a pensar

Las pinturas de Lucía Madriz, que integran Ni con el pétalo de una rosa, son tiernas y tramposas, como las mujeres de los boleros. Desorientadoras profesionales atrapadas en sus propios extravíos, desengañadas del deseo de vivir eternamente jóvenes y enamoradas, prisioneras de un maquillaje, unos peluches, una moda y una domesticidad que hasta la segunda semana de mayo habitan la sala de exposiciones del periódico La Nación en la forma de esta ingeniosa exhibición de obras de pequeño formato.

Estas piezas, delicados y aparentemente frágiles estudios gráficos, se alejan de todo alarde expresionista, de toda falacia expresiva, o exageración de gesto y retórica. Por el contrario, susurran, parodiando a la buena educación femenina, pero sus susurros son palabras terribles, palabrotas de angustia, deseo y carnalidad. Las heroínas de estas gráficas tragicomedias de escarcha, corazones y demás imaginería adolescente, constituyen ejemplares perfectos de una femineidad infantil, dolorosa y artificialmente prolongada.

Lucía carga sus piezas de contradicciones e inspirados engaños visuales. En Limpia!, una joven en bikini, de asombroso parecido con la artista, mueve las caderas al ritmo de un palo de piso cuyas mechas se parecen en exceso al pelo de su dueña. La obra suscita un incómodo sentido de familiaridad, de cientos de jovencitas sacudiéndose al ritmo de Moscas o Mayonesas al estilo de "A Todo Dar" o contoneándose en la pasarela de algún desfile o certamen de belleza.

Rebeldía consistente

Partiendo de pequeños rituales diarios como el cuidado del cabello, maquillaje o depilación, y estableciendo entre ellos relaciones insólitas, la artista penetra aspectos importantes de la sexualidad femenina tradicional. Las Lady Godivas o Perfectas de esta exhibición guardan una extraña atracción de estrellas de mar, extraviadas en la desmesura de su calculada y enorme melena.

Este delicado conjuro artístico levanta un temporal de conciencia crítica alrededor de la subordinación y el deseo. Una secuencia de bocas pintadas que pasan de la fingida sonrisa al disgusto contenido, y junto a ellas un lápiz labial que proyecta una silueta ambiguamente fálica. Las pinturas, lejos de funcionar como fórmulas u ocurrencias, revelan incisivas meditaciones sobre el sacrificio por el amor y la falsa ingenuidad que de él se espera.

Estas obras, gestadas a lo largo de aproximadamente un año y medio, son absolutamente consistentes con las fotografías andróginas que la artista presentara en la exhibición EX3:explorar, explotar, expresar, a fines del año antepasado, y con el videoarte Dime cuándo sonreír, que recientemente obtuvo una mención de honor en el Primer Concurso Centroamericano de Videocreación Inquieta Imagen, ambos en el Museo De Arte y Diseño Contemporáneo.

"Si en la casa se cae una bandeja con cosas frente a una pareja casada, ¿quién se agacha a recogerla?"- me pregunta la artista. Estos pequeños actos cotidianos, formas invisibles de ejercer y aceptar el poder, a menudo confunden el amor con la sumisión; son la materia básica que nutre la violencia doméstica, y a la vez la materia básica con que Lucía Madriz trata de forma iluminada y positiva una temá tica tan espinosa como actual.


[Volver al inicio]