Plásticas

Tormenta en un Basso

Jorge Albán


Reivindicación de la pintura en la exposición de Darío Basso en el Centro Cultural de España (allí hasta el 20 de diciembre)

Varios de mis amigos pintores y pintoras, náufragos de bienales y certámenes internacionales, en los que, cual iglesia carismática, desde hace varios años está de moda dar testimonio del descrédito de la pintura y tener liberaciones en forma de performances, se lo están volviendo a pensar.

Durante esta última década han sido testigos de los eventos cuasi-circenses en que se han convertido los salones de arte internacionales, tomados por performances, instalaciones y videocreaciones de poca monta (y la excepcional obra de calidad que confirma la regla), que en muchos casos llegan a representar hasta el 80 por ciento de las obras participantes.

Recordemos que la Bienarte Costarricense de hace cinco años solo aceptó obras "pictóricas" mientras que la Bienal Centroamericana de este año se convirtió en la apoteosis del video y la instalación.

Eclipsada por el efectismo de las artes virtuales y el video, desatendida por su naturaleza temporal, más callada y contemplativa que aquella de la instalación o el performance, la pintura ha tenido que decidir entre echarse a morir o contaminarse. Ambiciosas exposiciones internacionales como Pintura Urgente, en el Museo de Arte Moderno de París, Pintura al borde del mundo, en el Walker Art Center, o Pintura como Paradoja, en el Artists Space de Nueva York (http://www.artistsspace.org/), dan fe del surgimiento de una pintura híbrida y desinhibida que combina modernidad y tradición, figuración y abstracción, influencias cinematográficas con ambiciones arquitectónicas para renacer de sus cenizas y comentar con ironía sobre lo cotidiano.

Sobrecogedora riqueza

Darío Basso, español nacido en Venezuela, es un buen ejemplo de estas tendencias pictóricas. Si bien trabaja la pintura con oficio, especialmente la aguada y el frottage, su compulsiva investigación de la tipología de la flora tropical convierte la pintura en una paradoja del esfuerzo positivista de catalogación y clasificación de especies llevado a cabo por exploradores científicos como Humbolt o Álvaro Mutis.

Al igual que gran parte del arte contemporáneo, la forma en que la pieza interactúa con el espacio es determinante para su significado. En lugar de montar discretamente cada pieza en un marco, Basso se decide por literalmente forrar de pared a pared la sala de exposiciones. Las piezas se hayan perfectamente alineadas en una meticulosa cuadrícula realizada tirando hilos con plomada, como los usados en las construcciones. Estos hilos atraviesan agujeros en las esquinas de cada hoja, sostenida por clavos.

El efecto general es de asombro, ante la sobrecogedora riqueza de formas y colores que Basso registra a tamaño natural y con las que nos rodea. El intrincado barroquismo de estos centenares de huellas vegetales imprime a las piezas una presencia reminiscente a lo descrito en los Peces de Enoshima, capítulo quinto del libro El Beso de Judas, Fotografía y Verdad, de Joan Fontcuberta, uno de los textos más lúcidos y amenos que haya tenido el placer de leer. En él se describe el procedimiento tradicional japonés gyotaku, mediante el cual los pescadores imprimen la imagen de sus mejores capturas, empapadas en tinta y haciendo las veces de planchas de grabado, para usarlas como carteles. En palabras de Fontcuberta: "Es difícil no quedar cautivados ante la elegancia de unas imágenes que equilibran con tanta eficacia forma y función".

Y así también es difícil no ser arrastrado por lacapabullante exuberancia de esta pintura-instalación de Dario Basso que emplea como contrapunto, y en el centro de la sala, algunos volúmenes abiertos con las hermosas pero relativamente neutrales y frías ilustraciones originales de Álvaro Mutis.


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