Fotografía

Barbies engullidas

Jorge Albán
jorgealband@yahoo.com


La española Carmela García presenta impactantes fotografías en el Centro Cultural de España, hasta el 15 de marzo

Bajo el ambivalente título de Mujeres, García nos muestra imágenes de muñecas al estilo "barbie", a las que practica todo tipo de vejaciones. Estas aparecen maniatadas junto a la llama de una cocina de gas, asfixiadas en una piscina o en el trance de perecer inhaladas por una hermosa aspiradora azulÖ

La disposición ritual de los castigos y el tamaño mural de las piezas, les confieren cierta dimensión arquetípica que fácilmente lleva a una primera lectura de denuncia al ideal de mujer de belleza artificial, impuesto por la sociedad patriarcal y de consumo.

Las "barbies", de pies diminutos, senos enormes, piernas delgadísimas y larga cabellera dorada han permanecido como ideales de un femenino decorativo y poco más, a pesar de todos los esfuerzos recientes de Mattel por encontrarles oficio. Esta disfunción, salida al mercado en 1959, suscitó una irresistible telaraña de inseguridad femenina. No es de sorprender, pues, que los artistas norteamericanos David Levinthal y Judy Dater, el francés Olivier Rebufa, las costarricenses Loida Pretiz y Nadia Mendoza, o el panameño Gustavo Araujo, entre otros, hayan hecho amplio uso de tal potencial significativo.

Imágenes de un retroceso

Las "barbies" de Carmela, ofrecen poca resistencia a las oscuras ficciones que ella les propone, una violencia retórica que por cierto recuerda la resignación de las mujeres minuciosamente atadas en las fotografías del japonés Nabuyoshi Araki. Tal pasividad, junto al contexto doméstico de gran parte de las imágenes, apunta hacia una segunda lectura en torno al abuso del que muchas son víctimas, pero también hacia el abuso cotidiano con el que una parte aún mayor de ellas se autoinflige y tortura en compulsiva preocupación por su apariencia corporal.

El auge de esta violencia, moneda de cambio en todo lo humano, se aprecia con claridad en la evolución reciente de lo femenino y el limitado éxito de la revolución de las relaciones interpersonales iniciada en los años sesentas. Cuarenta años después, la mujer sigue siendo juzgada por su apariencia, discriminada por su intelecto y condenada por su deseo. Cada vez con mayor frecuencia por parte de otras mujeres, ya que la sociedad, en lugar de feminizarse en aras de mayor diálogo y comprensión, la presiona para que asuma actitudes patriarcales de dominación y prepotencia.

¿Podría ser esta tercera lectura la más pertinente de todas las posibles a partir de las macabras puestas en escena de Mujeres? La autora, entregada más a la ficción que a la denuncia, como evidencia su posterior instalación, Planeta Ella, bien puede no ser consciente de todas las implicaciones de su obra. Sin embargo, en tales ambigüedades reside gran parte de la magia que le resta al descreído arte contemporáneo, y es por ello que la visita a esta muestra merece mi recomendación sin reservas.


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