Por primera vez en nuestra breve historia cinematográfica –una historia fascinada por las primeras veces– dos largometrajes costarricenses se proyectan simultáneamente: El camino y El cielo rojo . Gracias a la mejor de las casualidades, las dos películas pertenecen al género del road movie ; es decir, al cine que hace del viaje su principal recurso dramático y su mayor metáfora.
Por otra parte, ambas películas se ubican en las antípodas de nuestras posibilidades formales y económicas; por ejemplo, El camino costó 200 veces más que El cielo rojo , según las cifras reveladas por sus respectivos directores: Ishtar Yasin y Miguel Gómez.
Los caminos del cine costarricense son tan amplios que algunas veces parecen insondables.
El camino aborda el tema universal de la migración mediante una puesta en escena poética y reposada. Su delicada capacidad alegórica se manifiesta temprano, en el prólogo del filme, durante una clase escolar celebrada en un barrio de Managua. Allí, los niños recuerdan la migración ocurrida en ese lugar hace 8.000 años, y el espectador descubre las bondades de la analogía en las huellas petrificadas de Acahualinca.
Minutos después, Saslaya, la niña protagonista interpretada fielmente por Sherlyn Velásquez, se vale de estos conocimientos para ganarse algunas monedas en el autobús. Entonces, por obra de la coherencia, la niña y la película son una sola: ambas han sabido capitalizar las lecciones del pasado frente a un mundo todavía sorprendido, y en gran medida forjado, por la adversa realidad del inmigrante.
Búsqueda. El camino se inicia con paso firme y onírico, a la usanza singular del cortometraje Florencia de los ríos hondos y los tiburones grandes (1999), dirigido también por Ishtar Yasin. Las imágenes de un gran basurero a cielo abierto, coloreado por Saslaya mediante un cristal que la niña ubica delante de sus ojos, revelan uno de los principales mecanismos de El camino : la atenta observación de la realidad filtrada por una densa estilización.
En la sala cinematográfica, un par de espectadores nicaragüenses discuten sobre el lugar en el que pudo haberse filmado aquello, impresionados por el paisaje manierista y barroco abarcado por el encuadre. Después, El camino sugiere que el abuelo abusa de la niña, en una secuencia en la que el viejo lee un poema de Rubén Darío. Algunos espectadores tienen problemas para escuchar las palabras del poeta y lo hacen saber a viva voz.
El abuso sexual precipita el viaje de Saslaya, un viaje que es, a un tiempo, huida y búsqueda de una madre añorada desde hace algunos años. La acompaña su hermano Darío (el niño Marcos Ulises Jiménez). Darío y Ulises: imposible imaginar mejores compañeros de viaje para una niña valiente.
Migraciones. La contemplación propuesta por El camino conduce al cinéfilo por las rutas de la migración transfigurada en celuloide. La primera estación del viaje es inevitablemente El inmigrante (1917), la película en que Charles Chaplin dirige e interpreta a un Charlot con destino a la ciudad de Manhattan.
Después se vislumbra con claridad el vasto territorio de Las uvas de la ira (1940), filme dirigido por John Ford a partir de una novela de John Steinbeck sobre la verídica huida de granjeros empobrecidos hacia la costa californiana de los Estados Unidos.
En nuestro contexto centroamericano, otro filme imprescindible, El norte (1984), de Gregory Nava, describe el tránsito de una pareja de campesinos hacia California. La película representa las penurias de Enrique y Rosa, dos hermanos que huyen de su natal Guatemala y alimentan, durante sus andanzas, la promesa de una vida mejor.
Finalmente, los argumentos análogos a El camino encuentran su manifestación ejemplar en Al otro lado (2005), de Gustavo Loza. Esta película describe ausencias y anhelos infantiles mediante los viajes de tres niños –uno mexicano, otro cubano y una marroquí– que buscan a sus padres.
La cantidad de películas que esbozan el nomadismo forzoso ha crecido significativamente durante los últimos años, en concordancia con los tiempos que corren. En nuestros días, cerca de 192 millones de personas han abandonado su país de origen en procura de mejores oportunidades, lo que representa la cifra más alta en la historia de la humanidad. El camino se une al numeroso grupo de películas que han sabido dar cuenta de ello.
Hacia la austeridad. El paso andariego de Saslaya y Darío contagia a las imágenes cinematográficas. El vagabundeo narrativo de El camino se introduce en las calles, en el mercado y en la estación de autobús, y adopta los rasgos del cine documental de observación. En la sala, algunos espectadores conversan entre sí, tal vez para comprobar con el vecino que no han caído de repente en otra película.
El camino conduce a De los Apeninos a los Andes (1886), cuento de Edmundo de Amicis sobre un niño que viaja tras los pasos de su madre, desde Italia hasta Argentina. El relato dio origen a un largometraje italiano en 1959. En 1976 desembarcó en tierras japonesas como un animé : Marco .
De los Apeninos a los Andes parece, en algunos tramos, la semilla dramática de El camino ; sin embargo, nada resulta más lejano de la estética que predomina en el filme. A pesar de algunos elementos que parecen diseñados para provocar la lágrima fácil, El camino se interna en un universo árido y austero, mucho más cercano al canon de la tragedia que al melodrama.
La depuración de El camino trae consigo los beneficios de la sugerencia, la duda y la reflexión. Paradójicamente, ese proceso también parece haber afectado al texto, al desestimar la continuidad de ciertos elementos recurrentes. Algunos espectadores seguramente se preguntarán: ¿qué pasó con aquella mesa que viajó desde Managua al lado de los niños y que, hacia el final, simplemente desapareció?
El entramado estético de El camino es claro; delimita las aspiraciones autorales de su directora y evidencia la huella de cineastas de culto como Andréi Tarkovski y Béla Tarr. El costo de esa singular exploración es un trascendentalismo que, en algunas ocasiones, produce opacidad y apatía. Por otra parte, el amplio y generoso beneficio reside en la crónica inspirada de soledades, en la capacidad ensoñadora de sus imágenes y en el tránsito por los rincones más íntimos y misteriosos de la migración nuestra de cada día. Por primera vez.
FOTOS

El camino , protagonizado por los niños Sherlyn Paola Velásquez y Marcos Ulises Jiménez, es cine que hace del viaje su principal recurso dramático y su mayor metáfora. . Jurgen Ureña para LN

Saslaya colorea un basurero a cielo abierto mediante un cristal que ubica delante de sus ojos y pone en evidencia que El camino es observación y realidad estilizada. Jurgen Ureña para LN

Mediante las andanzas de dos niños, El camino da cuenta de las soledades de quienes han abandonado su país de origen en procura de una vida mejor. Jurgen Ureña para LN
Ficha técnica
de la película
Título original: El camino . Año de estreno: 2008. Duración: 91 min. Dirección y guion: Ishtar Yasin. Producción: Ishtar Yasin y Martha Clarissa Hernández. Producción ejecutiva: Adrián Cruz. Coproducción: Luis Javier Castro y Stéphane Millière. Producción asociada: Vinicio Musmanni, Loic Magneron, Olivier Defaye y Bruno Pellier. Dirección de producción: Pedro Díaz. Dirección de fotografía: Jacques Loiseleux y Mauro Herce. Sonido: Luis Fuentes. Música: Ulpiano Duarte y Alejandro Cardona. Montaje: Valérie Loiseleux. Interpretación: Sherlyn Paola Velásquez (Saslaya), Marcos Ulises Jiménez (Darío), Jean-François Stévenin (el hombre del bastón), Morena Guadalupe (Luz), Juan Josué Bordas (Pajarito), Cornelio Flores (el abuelo).
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