Manejo esencial

Ritmo denso o vertiginoso

Manejo esencial La pura aceleración no siempre seduce la atención del espectador

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Si usted vio la película iraní Una separación , dirigida por Asghar Farhadi, y creyó que se le comprimía el pecho a medida que aumentaba la tensión; o, por el contrario, si vio el filme francés Búsqueda implacable 2 , de Olivier Megaton, y sintió que se aburría sin remedio a pesar de los innumerables disparos y persecuciones, tanto en un caso como en otro, todo se debe en gran medida a un mismo factor: el manejo del ritmo.

Las películas generalmente se evalúan por la originalidad de su guion, la verosimilitud de sus actuaciones, la plasticidad de su fotografía, la evocación de su música...; y, si todo ello confluye en una sola obra, se dice que es producto de una buena dirección.

Sin embargo, aunar guion sugestivo, loable interpretación y encuadre y composición perfectos en la puesta en escena, no basta para conformar un filme perdurable si, además, no se tiene un buen pulso narrativo; o sea, si no se domina el ritmo cinematográfico.

Lo domina Farhadi en Una separación , película cuya historia parece muy simple (una pareja va a divorciarse porque cada uno desea vidas diferentes) y, no obstante, el director arma una narración que casi no deja respirar al espectador y lo mantiene en constante expectación.

En el cine, los teóricos más ortodoxos restringen el ritmo a la duración concreta de los planos; es decir, lo limitan a una cuestión que solo atañe al montaje cinematográ-fico, y establecen que la película adquirirá un ritmo u otro según el tiempo que transcurra entre un corte y el siguiente.

Si eso fuera absolutamente cierto, entonces bastarían miles de cortes y un encadenamiento de planos de pocos segundos cada uno (como hizo Olivier Megaton en Búsqueda implacable 2 ) para crear un filme de ritmo frenético; mientras que la utilización de largos movimientos de cámara o de planos secuencia derivaría en una cinta de inequívoco ritmo lento y, por consiguiente, aburrida.

Sin embargo, aquella postura desestima elementos primordiales de la construcción audiovisual, como la relación de la imagen con el sonido (diálogos, efectos, música), el desplazamiento de los personajes y los objetos dentro del encuadre de la cámara, y, sobre todo, la intensidad dramática de los hechos. Por tanto, el ritmo cinematográfico es la conjunción armónica de lo visual, lo auditivo y lo narrativo.

Lento no es sinónimo de malo. Afirmar que una película es de mala calidad solo porque posee un ritmo pausado, evidencia desconocimiento sobre lenguaje cinematográfico. Consciente o intuitivamente, algunos directores sostienen un ritmo coherente porque saben imprimir velocidad o establecer pausas en la narración de la historia, de acuerdo al efecto dramático que desean inducir sobre el espectador.

Dos ejemplos clásicos, el ruso Andréi Tarkóvsky y el sueco Ingmar Bergman, son maestros de la narración deliberadamente lenta: Tarkóvsky, seducido por la decadencia de la espiritualidad en la sociedad contemporánea, y Bergman, interesado en la incomunicación y la desesperanza hu-manas.

Con esas obsesiones, las historias de sus filmes demandan efectos de miseria material o moral, atmósferas opresivas, espacios de tiempo prolongados para que el espectador analice los personajes y reflexione sobre la situación; y ello solo se logra mediante la secuencia mesurada de planos y escenas.

Recordemos también al austríaco Michael Haneke (La pianista, Escondido, La cinta blanca ), atraído por la violencia contenida; al chino Wong Kar-Wai ( Deseando amar, Happy Together, 2046 ), con historias de desencuentro y desamor; y al sudcoreano Kim Ki-Duk ( Hierro 3, El arco, La isla ), fascinado por la futilidad cíclica de la vida. Todos ellos concentran la tensión en el vacío y el silencio, y sus personajes se debaten entre las tribulaciones del pasado y la incertidumbre del presente.

No es un cine hecho para multitudes, pero resultaría imposible pedirles a estos cineastas otro tipo de cadencia en sus películas, paradigmas del intimismo y la poesía visual, y sabedores de que el ritmo varía en función del tema o el dramatismo de los acontecimientos que se narran.

Sus historias y las acciones de sus personajes son lánguidas, pero no aburridas ni tediosas; a fin de cuentas, la realidad (que el cine quiere imitar, mostrar o denunciar) no es siempre dinámica y rebosante de colores.

En algunas de las películas más premiadas de la región centroamericana también impera el tempo que dicta una vida más sosegada: el guatemalteco Julio Hernández Cordón ( Gasolina , Las marimbas del infierno , Polvo ) y las costarricenses Ishtar Yasin ( El camino ) y Paz Fábrega ( Agua fría de mar ) potencian los planos temporalmente largos y un ritmo pausado, coherente con una estética cuasi costumbrista en la que es más importante el todo y no el fragmento.

Engañosa catalización del drama. Por otra parte, resulta desacertado extenderse en la contemplación e insistir en dilatados planos fijos sin que ello aporte a la narración, solo porque parece plásticamente bello. El cine es un arte visual, pero también es un arte dramático cuya esencia radica en contar una historia. Las buenas películas son buenas historias bien contadas.

Por supuesto, también influyen la dirección de actores, la dirección de arte y el diseño de producción; pero, muchas veces, esta es la trampa donde naufragan algunos directores (sobre todo de la gran industria del cine, que se gasta 200 millones de dólares en un solo filme) al creer equivocadamente que un gran despliegue de efectos visuales o de caracterización de personajes, unido a la aceleración de los cortes en el montaje, puede encubrir la total ausencia de ritmo.

Tal ausencia afecta a Michael Bay con su saga de Los Transformers , a Joss Whedon en Los vengadores y a Zack Snyder en 300 , y son solo algunas menciones de una larga lista.

Esos directores pretenden catalizar el ritmo dramático de la película a través de 30 ó 40 cortes por minuto, cuando son incapaces de crear tensión e intensidad procurándole ritmo a cada plano por separado, mediante el equilibrio de los diferentes elementos de la puesta en escena: los diálogos, los movimientos de cámara, la música, el desplazamiento y la distribución de los actores en pantalla.

Los ejemplos citados anteriormente no significan una cruzada contra las películas de acción y aventuras. Dichos géneros también cuentan con directores conscientes de que lo esencial es el contenido de los planos y la relación coherente entre estos para infundir un ritmo ágil y ascendente. Lo logran Steven Spielberg en Tiburón y los Indiana Jones , James Cameron en Alien y Avatar , Quentin Tarantino en Pulp Fiction y las Kill Bill.

La sensación de ritmo en una obra cinematográfica es más inconsciente que racional, pero es la que determina la empatía (o no) del espectador con las imágenes que ve en pantalla y con la manera en la que estas se narran.

Al fin, el efecto pocas veces percibido del ritmo es el que cala en el ánimo de los cinéfilos y hace que usted se coma las uñas de nerviosismo mientras ve Una separación , o que se duerma de tedio sobre la butaca cuando mire Búsqueda implacable 2 .

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Noticia La Nación: Ritmo denso o vertiginoso