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Misión imposible

Me dio un par de lecciones aquel amigo comunista que atendía una pequeña tienda de la calle Belascoaín.

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Me dio un par de lecciones aquel amigo comunista que atendía una pequeña tienda de la calle Belascoaín, en la que expendía habanos, cigarrillos y el resto de la parafernalia del fumado, aunque él mismo odiaba el tabaco. Jugaba ajedrez todo el tiempo y conversaba tranquilamente con todo el mundo mientras que algunos de mis excompañeros de estudio ya se ocultaban de los esbirros del régimen o habían escapado al exilio. Así, al tiempo que los policías rompían crismas de estudiantes a cachiporrazos, el pensador ajedrecista ejercía su credo con la segura desfachatez que la dictadura batistiana les toleraba a los camaradas siempre que se limitaran a despotricar contra el imperialismo yanqui y callaran sobre la política local. Una vez me contó que el gran amor de su vida había sido la esposa de un jefe de bomberos a la que veía a hurtadillas cuando el apagafuegos se encontraba de guardia, aunque se sentía más seguro cuando en algún lugar de La Habana ocurría un incendio digno de atraer las cámaras de la televisión. Puso fin a su aventura tras descubrir que la pasión llegaba a tanto que “chico, caí en la cuenta de que ya estaba a punto de volverme pirómano, así que abandoné a esa mujer exactamente como abandoné mis estudios universitarios: sin previo aviso, pero sano. Y en política tiene que ser igual, c..., siempre lejos de lo que arde ¿tú me comprendes?”.

Su posición era tan comprensible como el olvido en que cayó su amistad hasta que, más de veinte años después, la explicación que él me dio sobre la imposibilidad que la oposición al régimen tenía para unirse y derrotarlo en las calles me sirvió de material para inventarles a mis hijas un nuevo cuento infantil. Decía él que los partidos políticos de oposición, nuevos y tradicionales, se encontraban viciosamente divididos justamente en siete facciones, todas ellas infiltradas en alguna medida por falsos activistas, agentes del régimen, de tal modo que “unir a esa oposición es más difícil que poner a Blancanieves a levantar un rascacielos, tú sabes, cada uno de los enanitos querría ser el dueño del piso principal”.

Claro, si ahora en Costa Rica alguien quisiera acogerse al fácil expediente de aplicar aquel símil infantil a la pretensión de algunos de lograr la unidad de la oposición al PLN para las elecciones de 2014, de entrada se toparía con otro problema: haciendo la cuenta de las facciones del PUSC, el PAC, el ML y el PASE, y agregándoles los inevitables partiditos pandereteros, el número total de enanitos sobrepasaría la docena y eso sí sería demasiado incluso para darle cuerpo a un mal cuento de Walt Disney.

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