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Las cinco crisis del Oriente Medio


Joris Voorhoeve

Joris Voorhoeve, exministro de Defensa holandés, es profesor de organizaciones internacionales en la Universidad de Leiden y profesor de Estudios de Seguridad Internacional en la Academia de Defensa de Holanda. Copyright: Project Syndicate/Europe’s World, 2007. www.project-syndicate.org www.www.europesworld.org. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

La región entre Egipto y Pakistán es un caldero de cinco componentes claros y explosivos: el conflicto civil en Iraq, la insurgencia en Afganistán, las ambiciones nucleares de Irán, el largo conflicto árabe-israelí, y el riesgo de que se produzcan choques entre grupos extremistas y gobiernos corruptos y represivos. Se necesita una política de amplio alcance y, no obstante, las amenazas son tan diversas y complejas que se deben aplicar enfoques distintos de manera simultánea.

En Iraq, la política estadounidense de crear un estado semifederal de chiíes, suníes y kurdos corre un alto riesgo de fracasar debido a la dominación chií, el terrorismo suní y chií, el separatismo kurdo y las intromisiones de Irán. El coste en vidas ya es insoportablemente alto. Estados Unidos no puede continuar teniendo el índice actual de víctimas (ya sean estadounidenses o iraquíes) o de gastos. Para crear las condiciones para una estabilidad de largo plazo, puede ser necesaria una separación negociada, comparable con el Acuerdo de Paz de Dayton que acabó con la guerra en la ex-Yugoslavia.

Separar las poblaciones de Iraq sería doloroso. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y las fuerzas de la coalición encabezada por Estados Unidos debería ayudar a la gente que desea mudarse a otras partes del país. Uno puede objetar que facilitar la reubicación interna es colaborar con la “limpieza étnica o religiosa”, pero el coste de una guerra prolongada en Iraq, que podría llevar a su desmembramiento de todos modos, es mucho peor. El principio del pluralismo es valioso, pero poner fin al baño de sangre merece la prioridad.

Un acuerdo posible. Se puede alcanzar un acuerdo como el de Dayton sólo si el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le da su respaldo. Sería beneficioso para el interés de largo plazo de los miembros permanentes el hacerlo. Sin embargo, Rusia y China estarían dispuestas a ayudar sólo si Estados Unidos cambia el enfoque actual de la administración Bush.

Una iniciativa así tendría que tener el firme apoyo de la Unión Europea. Tal vez una mediación tripartita, respaldada por Estados Unidos, la UE y Rusia, aumentaría las posibilidades. La Liga Árabe y la Conferencia de Estados Islámicos deberían ser consultados y convertirse en partícipes. Estados Unidos y otras fuerzas de la coalición tendrían que retirarse gradualmente, comenzando por el sur de Iraq. Aun así, serían necesarias fuerzas extranjeras para ayudar a proteger la población suní al oeste de Bagdad y del centro de Iraq contra el sur chií, así como en el norte kurdo para evitar que Turquía intervenga.

Para un acuerdo de separación pacífica serían necesarias fuerzas de paz internacionales con contribuciones de varias potencias, incluidos estados islámicos, China, India y Japón. Puesto que la estabilidad en el Oriente Próximo es esencial para ellos, se trata de una cuestión de interés propio. Los vecinos de Iraq que potencialmente podrían dificultar el acuerdo tendrán que estar limitados por un mandato del Consejo de Seguridad para un acuerdo al estilo Dayton.

En Afganistán , las operaciones encabezadas por la OTAN contra los neotalibanes y otros enemigos de la construcción del estado ofrecen sólo una solución parcial y temporal. El flujo de insurgentes desde Pakistán no se detendrá. La población ve pocas mejoras en las condiciones de vida y espera que las fuerzas occidentales se retiren después de unos años. Tras ello, la mayoría de los afganos volverán a estar regidos por jefes tribales, islamistas, barones de la droga y señores de la guerra. El propósito de Occidente de crear en Afganistán un estado estable y más o menos democrático es extremadamente ambicioso; puede ser más sensato estabilizar Kabul y el relativamente más tranquilo norte del país. Tarde o temprano el difícil sur volverá a la política pastún .

El principal interés del resto del mundo es limitar la producción de heroína y destruir los campos de entrenamiento terrorista. Sin embargo, la destrucción de los cultivos de amapola ha estado haciendo que los pequeños agricultores afganos se vuelvan contra la OTAN, de manera que es más sensato perseguir a los jefes del tráfico de heroína y sus redes en el extranjero y mientras tanto comprar los cultivos de amapola a los agricultores y destruirlos. Estimular un cambio a cultivos legales y de alimentos requiere tiempo y fuertes inversiones, y sólo funcionará en los lugares donde haya seguridad para la población local.

Juventud iraní. Mientras tanto, es poco probable que las sanciones internacionales disuadan al Gobierno de Irán de querer desarrollar armas nucleares, mientras que un ataque preventivo por parte de Israel –que no se quedaría impávido cuando las fuerzas nucleares iraníes se vuelvan operacionales– o por parte de Estados Unidos estimularía ataques terroristas contra sus poblaciones.

El enfoque más promisorio sería establecer sanciones contra personalidades líderes, y contra transferencias de tecnología y financiamientos, así como operaciones encubiertas para demorar el programa nuclear de Irán. Mientras tanto, la joven población iraní puede volverse más activa en lo político y exigir una democratización y mejores condiciones de vida. No está claro cuánto pueden mantenerse en el poder los viejos gobernantes clérigos y los políticos nacionalistas del país, aunque hasta ahora los altos precios del petróleo y el gas han jugado a su favor. Ganar tiempo antes de que se vuelva inevitable una desastrosa confrontación entre Irán e Israel sería más sabio que adoptar un enfoque agresivo en estos momentos.

En cuanto a Israel y sus vecinos, ya se ha preparado un acuerdo sobre los Altos del Golán, pero necesita mediación y presión externa para que se llegue a firmar. El fortalecimiento del Estado en el Líbano requerirá un fuerte apoyo de la ONU y la UE, además de valentía para poner coto a la influencia de Hezbolá. El Gobierno israelí y los líderes políticos palestinos están entrampados en una ruinosa lucha que no hace más que ayudar a los extremistas de ambos bandos.

En consecuencia, la lucha mutua continuará hasta que haya suficiente presión externa como para aceptar un acuerdo de paz. Israel tendrá que abandonar una gran cantidad de asentamientos judíos en territorio palestino y aceptar la administración internacional conjunta o la división de Jerusalén. Israel nunca aceptará esto, a menos que sea obligado por Estados Unidos. Un acuerdo de paz intermediado por EE.UU. tendría que estar apoyado por el Consejo de Seguridad de la ONU y ser implementado por tropas de fuerzas de paz, con grandes contribuciones de varios miembros de la ONU.

Por supuesto, es poco probable que la administración Bush plantee todo eso, y la UE es todavía demasiado lenta y fragmentaria. De manera que el nuevo presidente de EE.UU. tendrá que tomar la iniciativa en 2009. Mientras tanto, la UE debería actuar en conjunto y tomar decisiones claras acerca de una política común sobre el Oriente Próximo.

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