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Coimas honorables Fernando Durán Ayanegui En un reportaje publicado hace poco en este diario, se comenta que, pese al descenso que se produjo globalmente, durante la década de 1990, en la exportación legal de armamentos, en la actualidad esta experimenta un voluminoso repunte. Esta noticia, de suyo lamentable, sería peor si el tráfico ilegal de armas se pudiera cuantificar con precisión. Una vez dadas las circunstancias políticas que incrementan el llamado intercambio legal, el tráfico ilegal de armas crece automáticamente en una proporción solo conjeturable pero elevada, pues hasta los servicios secretos de países importantes figuran entre los más entusiastas animadores del contrabando de equipos militares, y más de un pequeño país les ofrece protección diplomática a conspicuos contrabandistas de la muerte. Esta es precisamente, por así decirlo, la relación natural entre el comercio legal de armas y el tráfico ilegal que, desde luego, funciona según un complejo sistema de sobornos. En años recientes, al quedar informada la opinión pública de que la totalidad de las transferencias legales de armas implican el pago de “comisiones” a políticos, funcionarios, altos militares y diplomáticos (en uno de los primeros informes deTransparencia Internacional se señalaba que la magnitud de esos sobornos puede llegar hasta el 20% del valor oficial de cada operación), los involucrados en ambos extremos del negocio se han abocado a la búsqueda de mecanismos sofisticados y poco perceptibles de transferir las coimas. Uno de esos mecanismos consiste en que los sobornados no reciben sus “premios” en efectivo o en la forma de depósitos bancarios, sino en especie, vale decir, en excesos de mercadería que, al llegar a sus destinos, son cuidadosamente separados, no se incorporan a los inventarios de las fuerzas armadas regulares y, más tarde, son vendidos al mejor postor entre grupos de guerrilleros, terroristas o delincuentes comunes. Ese esquema es ventajoso para los sobornados, ya que les permite sacar provecho adicional de un mercado subrepticio en el que la “mercadería” suele alcanzar precios mucho más elevados que los del intercambio legal. Por otra parte, la represión de ese mercado negro es débil gracias a la influencia política de quienes participan en él. Al fin y al cabo no se puede esperar que un cuerpo policial se muestre muy entusiasta ni, mucho menos, eficiente en el combate de un negocio que funciona para el enriquecimiento de altas autoridades civiles y militares del régimen al que sirve.
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