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Opinión
Sin pedir nada a cambio


José LuisRodríguez
jorodriguez@nacion.com
Periodista

Me sucedió el sábado en Conneticut. Estaba en las afueras del hotel donde se hospedó Honduras, cuando apareció una patrulla de esas que se ven en las películas.

Del vehículo se bajó un oficial, Joe, comenzó a hablar y preguntó acerca del partido entre costarricenses y catrachos.

Mientras eso sucedía, revisé el estado de mi grabadora ya que en cualquier momento aparecía el técnico Reinaldo Rueda.

Al chequear el aparato, supe que las baterías estaban muertas, y no tenía otras de repuesto.

Pregunté a mis colegas ticos y hondureños, pero ninguno tenía.

Le pregunté al policía donde podía conseguir unas baterías, pero en Estados Unidos no existe una “pulpería en cada esquina” y las distancias son bastante largas, así que mi desventura era mayor.

Tal vez por la cara que puse, el oficial se ofreció a llevarme a un “Walgreens”, lo que acá podríamos llamar un “mini super”.

Ante la amabilidad del policía y al no tener otra opción, me subí en la parte de atrás de la patrulla como un reo. Por primera, y espero, única vez en mi vida, fui pasajero de una patrulla estadounidense.

Estando dentro del carro viví todo eso que uno ve en las películas, como las computadoras en el auto, los barrotes en las ventanas, el que no tengan asientos traseros y un sofisticadísimo equipo de comunicación, todo es real.

Tuve que ir atrás porque, según me dijeron unos amigos, a los policías les tienen prohibido transportar gente en el asiento de al lado, claro, siempre que no sea uno de sus compañeros de labores.

Raro. Al entrar al “Walgreens” una señora me vio de forma extraña, obviamente, luego de observar que un policía le abriera la puerta de su patrulla a un ciudadano común y corriente, y este entrara a un establecimiento, era raro.

Compré mis pilas, una Pepsi y un chocolate, este con el fin de dárselo a Joe, como agradecimiento por el enorme favor.

De regreso, le ofrecí el dulce, pero se negó a recibirlo. Le dije que para su señora o su hija, si la tenía, pero tampoco accedió.

Como último recurso le dije que si quería la Pepsi, que es que me sentía en deuda con él, pero otra vez se negó, y me dio la siguiente respuesta: “Si dices en tu país que la policía de Estados Unidos es amable yo quedaré agradecido”.

Joe, mi buen amigo, ten por seguro que así será, y que aunque haya otros que no tengan tu amabilidad, como en cualquier parte del mundo, usted dejó “bien parados” a los estadounidenses.

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