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EDITORIAL |
La manipulación religiosa
Debemos rechazar el uso de la religión como elemento de proselitismo
Traicionan su misión los sacerdotes que intentan manipular a los creyentes
La religión no es un objeto de uso. Es una profunda vivencia personal; una fe alrededor de lo sagrado y lo divino; una apuesta existencial; un referente de ética individual y colectiva, y un camino que nos hace trascender nuestra pequeñez humana, como preludio y acicate de la eternidad a la que pretendemos por medio de la salvación. Por esto, la religión puede ser una guía o referente de conducta personal y social; pero es totalmente ilegítimo e inaceptable manipularla o instrumentalizarla para incidir en decisiones políticas. Quienes hagan esto, enarbolando la fe como estandarte, no solo irrespetan las propias creencias que presumen sostener, también agreden a los verdaderos creyentes. Y si, para hacerlo, incurren en falsedades, peor aún, porque degradan la religión a la categoría de herramienta oportunista.
En estos días, hemos sido testigos, con perplejidad e indignación, de tres casos de manipulación de la fe católica, encaminados a confundir a los ciudadanos para que voten por el NO en el referendo. Los tres son totalmente censurables, pero, sobre todo, el último, porque involucra a un grupo de sacerdotes, que han burlado su investidura y el sentido de la fe.
En orden de aparición, el primer caso de manipulación fue un spot propagandístico de televisión en torno al manido tema de los corazones. En él, los propulsores del NO, mediante una sucesión de símbolos, pretenden hacer una diferencia entre los “buenos” y los “malos”, algo de por sí poco conveniente, porque añade fuego a la hoguera de la polarización. Pero lo grave es que, en esa secuencia, utilizan la imagen del Corazón de Jesús para vincularla con su causa. El caso fue denunciado al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), que censuró ese tipo de manipulación. Los patrocinadores, sin embargo, no han dado ni explicaciones ni excusas.
Posteriormente, circuló un volante en que se usa el nombre de monseñor Hugo Barrantes, arzobispo de San José, para convocar a una marcha en contra el Tratado. El prelado, justamente molesto, desmintió y desautorizó la triquiñuela. Nadie dio la cara como responsable; los autores permanecieron en un conveniente anonimato.
Pero caso más grave ha sido el manifiesto suscrito por un grupo de 92 “sacerdotes por el no”, mediante el cual manejan su investidura para combatir, con una enorme cantidad de inexactitudes, insinuaciones, medias verdades y ligereza, las ventajas del TLC. Incluso, pretenden hacer del voto el 7 de octubre una opción moral, en la cual, según ellos, solo el NO es válido.
No hay razón para negarles a los sacerdotes el derecho a la libre expresión, que le cabe a cualquier ciudadano. Pero, como pastores que deberían ser, sí podemos exigirles que ese derecho lo ejerzan de manera correcta, con apego a la ética, a la verdad y con una clara diferencia entre lo religioso y lo político-social. En el caso de este manifiesto, sin embargo, sucede todo lo contrario, por lo insostenible de su contenido económico, social y político, y porque los firmantes, al poner como primera línea de justificación su carácter de sacerdotes, y al integrarse en un grupo que hace gala de tal condición, claramente están manipulando deliberadamente la fe católica. Como si esto fuera poco, su actitud es, ni más ni menos, que la introducción, en el seno de cada una de sus parroquias y misiones, de un factor de división entre lo que, de manera sutil, consideran dos categorías de católicos y de seres humanos: los que coinciden con su posición y, por ende, serían “buenos” y los que discrepan de ella, que caen, por su propio peso, en el grupo de los “malos”. Nada más alejado de las enseñanzas de Jesús.
El grupo es muy pequeño (apenas el 10%) en relación con el total de pastores católicos que existen en el país. Pero aquí el número no es lo importante. Lo realmente crucial y serio es que, por primera vez en muchas décadas, un grupo de sacerdotes se vale de la religión para manipular las decisiones de votación de los costarricenses y, al hacerlo, se convierten en promotores de la cizaña en sus propias comunidades. Esto es indigno de su investidura y merece el rechazo de los creyentes.
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