Costa Rica, Domingo 30 de septiembre de 2007

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Paul Rueda

Un voto intuitivo

 Referendo dará luz sobre el sentimiento del alma nacional

Abogado

Recientemente, he tenido la oportunidad de leer el texto “La sabiduría de los sentimientos”, trabajo del periodista científico alemán Gerald Traufetter, relativo a la intuición.

Siguiendo a otros investigadores, el autor afirma que la intuición tiene muy poco de fenómeno inexplicable, pues en realidad se trata de un proceso mental –soporte de nuestras supuestas decisiones racionales– que parte de las experiencias y los sentimientos situados en nuestro inconsciente. Nuestras intuiciones emanan de nuestras vivencias.

A manera de ejemplo, cuando un joven comprador se decide sin pensarlo mucho por un auto usado, operan ciertos aspectos racionales (la cantidad de dinero disponible para la compra, el estado visible del automóvil), pero simultáneamente hay un sinfín de sensaciones que maquinan en su mente (cómo se verá mi novia a mi lado en este “chuzo”, este volante me recuerda al de la película de ayer). La conciencia únicamente capta una muy pequeña parte de nuestros procesos mentales. Esto es así porque ella apenas puede administrar un máximo de 40 impresiones sensoriales al mismo tiempo; el resto queda, por fortuna, en manos de una especie de autopiloto en nuestra cabeza. De esta forma, en el proceso de toma de decisiones, solo un mínimo porcentaje deriva de una reflexión real, la mayor parte proviene de un pensamiento automático y oculto.

Cuánto influya lo racional o lo intuitivo en las determinaciones de cada sujeto dependerá de factores como la complejidad del problema, la actitud del individuo o el conjunto de conocimientos adquiridos por la persona. En principio, cuanto más complicado sea el asunto y menos conocimiento se tenga, más intervendrá la intuición y menos la conciencia; aunque también puede ser que alguien con enorme pericia “internalice” su conocimiento, de modo tal que sus decisiones no requieran un largo proceso reflexivo, sino que se vuelvan intuitivas, como la del jugador de ajedrez de clase mundial que en cosa de segundos ejecuta una movida maestra.

El inconsciente. Al trasladar lo expuesto al referendo sobre el TLC, creo que el próximo 7 de octubre serán muy pocas las personas capaces de emitir un voto puramente racional, basado en un proceso de reflexión consciente que parta del pleno conocimiento de todas las materias comprendidas en este complejísimo convenio.

En realidad, la decisión en las urnas se basará primordialmente en el cúmulo de experiencias y sentimientos oculto en el inconsciente de cada sujeto. Por supuesto, los directos ganadores o perdedores del TLC tendrán buenas razones para su decisión racional. Por eso, a ellos los comprendo, mas no les creo mucho. Empero, la generalidad de los ciudadanos, desde doctores académicos hasta personas sin escolaridad alguna, no tendrá más remedio que acudir a sus intuiciones a fin de optar por una de las alternativas.

Sin embargo, para que nuestro voto sea lo menos inconsciente posible, convendrá que hagamos un “autoexamen”, que desmenucemos con honestidad las verdaderas razones de nuestra decisión, de modo tal que afloren nuestras intuiciones o, al menos, nuestras ignorancias. Así, tendremos la oportunidad de constatar con honestidad si nuestro voto se funda en datos con algún grado de validez intersubjetiva, o si en realidad se trata de adorables sensaciones e instintos, los que, con humildad y sin aspiración apodíctica de ninguna especie, se limitan a sugerirnos que algo va en cierta dirección.

En lo personal, opino que este primer referendo vinculante, por la enorme dificultad de su objeto de análisis el TLC, para la inmensa mayoría del electorado será irremediablemente una elección del corazón y, como tal, le brindará a los políticos luz de cuál es el sentimiento de nuestra alma nacional. Ojalá esta pueda ser bien percibida y quiera ser respetada, para que, con posterioridad al 7 de octubre, las decisiones de nuestros políticos tomen la dirección que el pueblo desea, aunque solo sea intuitivamente.

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