Costa Rica, Domingo 30 de septiembre de 2007

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Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr

En cabeza ajena

En un artículo publicado en La Nación, el jueves pasado, mencioné la República de Karakalpakia en un sentido más bien humorístico que debería avergonzarme. Es justo rectificar ahora comentando que el pueblo karakalpako es la víctima casi silenciosa de una de las más criminales decisiones que en época reciente haya adoptado burocracia alguna. En efecto, los políticos y burócratas del régimen soviético –practicantes de la corrupción y la estupidez con el mismo celo reconocible en nuestros políticos y burócratas tropicales– decidieron en cierto momento, y sin parar mientes en las consecuencias inhumanas de sus empeños, apostar al “desarrollo” a ultranza y promover la intensificación de cultivos desgastadores del medio ambiente, tales como el de cítricos y el de algodón, en grandes extensiones de Kazajistán y Uzbekistán. Para ello crearon sistemas de riego que desde el principio ya eran monumentos a la estulticia y, como resultado, casi la totalidad de las aguas de los grandes ríos que desembocan en el mar de Aral fueron desviadas, y aquel mar interior, tradicional despensa piscícola del imperio ruso, se fue desecando hasta el punto de convertirse en el receptáculo de agua más salado del mundo, del cual desaparecieron todas las especies vivientes.

No en balde, la población de Karakalpakia pasó a ser una de las más miserables del mundo. A mediados del siglo XX los ríos Sir Daria y Amu Daria aportaban al Aral no menos de 50 kilómetros cúbicos de agua dulce por año, pero en 1992 ese aporte llegó con costos a un kilómetro cúbico. Antes de la catástrofe, el Aral medía 60.000 kilómetros cuadrados, pero hace 15 años la evaporación lo había reducido a menos de 24.000. Muinak, el puerto pesquero más importante de Karakalpakia, llegó a encontrarse a más de cien kilómetros de la costa (lo cual no reivindica al diputado manudo de antaño que pretendía declarar a Alajuela puerto de mar). En una franja de más de un centenar de kilómetros de ancho, la costa karakalpaka se convirtió en desierto de sal, escenario de una irrepetible fantasmagoría: cientos de barcos pesqueros rodeados por una comarca blanca como la Antártida y árida como el Sahara.

Esta desgracia de los karakalpakos debería ser una advertencia para los costarricenses poco preocupados por las acciones de las burocracias estatal, municipal y privada que, movidas por la corruptora avidez económica y por el estúpido automatismo desarrollista, entregan nuestra tierra, nuestra agua y nuestros demás recursos naturales al primer depredador que les pague bien.

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