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Página Quince Jacques Sagot |
A mis amigos
pianista
Dicen que los buenos amigos se prueban en las malas. Falso. Los amigos se prueban en las malas tanto como en las buenas. Hay amigos que corren a tender la mano generosa cuando uno está en apuros, pero que se tornan verduzcos y torvos cuando lo ven a uno ponerse de pie y superarlos en estatura. Esos no sirven.
Para ser un buen amigo no son necesarios los grandes gestos épicos y salvadores. Basta con no ser secretamente envidioso.
El amigo es aquel que se compadece, pero en el sentido etimológico de la palabra: com-padecer, esto es, padecer-con. Así concebida, la compasión es saludable y necesaria para generar todo gesto solidario con el dolor del amigo.
Compromiso. El amigo es presencia efectiva, engagement . Si la amistad no es compromiso ético con el otro, entonces no es nada. Toda amistad es beligerante.
Los amigos son como una guardia pretoriana: están ahí para protegernos de nuestros enemigos… y de uno mismo.
La amistad es un proceso esencialmente pedagógico: cada amigo es profesor al tiempo que alumno del otro.
Las afinidades intelectuales no bastan para explicar ni para generar la amistad, porque esta proviene de estratos mucho más hondos del alma. Gentes las hay cuya ideología comparto en todo punto y a las cuales detesto, y otras con los que no estoy de acuerdo en nada y, sin embargo, quiero entrañablemente.
Las matráfulas de los enemigos son naturales y previsibles. Solo el amigo puede realmente traicionar. Cuanto más cerca esté de nuestro corazón, más hondo será el dolor de la traición.
Elección. La amistad es una elección. Libre, espontánea. También lo es la enemistad, por cierto. Hay gente que se pasa la vida tratando de ser enemiga nuestra, pero que simplemente no califica para serlo. No tiene los atestados para ello. Cada uno de nosotros se reserva el derecho de escoger a sus enemigos. No cualquier pelele puede tener el honor de serlo.
El amigo es un aliado de nuestros sueños, nuestros afanes, nuestra vida. Atención: aliado no significa muleta o salvavidas a tiempo completo.
Hay un momento a partir del que el consuelo sistemático del amigo comienza a ser nocivo. La amistad es lo contrario de la dependencia.
Un amigo es aquel que nos hace sentir más plenos, más serenos, más a gusto con nosotros mismos. Para esto no hacen falta precisamente las palabras. Basta a veces con el elocuente silencio de la presencia.
Contrariamente a lo que suele decirse, la amistad no es incondicional. Cuando un amigo está auto-destruyéndose o destruyendo a terceros, el otro debe condicionar su amistad al cese del proceso. De lo contrario, no es un amigo: es un cómplice.
Como toda forma de amor, la amistad no es un estado de cosas, sino un proceso en permanente construcción. No es el puerto, es la travesía del Yo al Tú esencial. Ir llegando, no desembarcar jamás.
Responsabilidad. El amigo asume responsabilidad por el otro. Como diría Lévinas, es responsable aun de la responsabilidad del otro. Carga al parecer abrumadora, ¿no es cierto? Pero en esto consiste precisamente la amistad que he llamado militante. La irresponsabilidad de uno de los dos amigos delata la irresponsabilidad o la displicencia amistosa del otro.
Para la amistad existe solo una palabra: amigo. Ni camarada, ni compañero, ni correligionario, ni compinche, ni cuate, ni nada. Como toda relación humana, la amistad puede patologizarse. Siendo común la dolencia, ha de serlo también la sanación.
El tender una mano amiga no debe nunca generar una estructura de poder vertical. Una cosa es ayudar al amigo a levantarse, otra, muy diferente, recordárselo constantemente. No se ayuda “de arriba abajo”, se ayuda desde un punto de equilibrio llamado amor.
Hay instancias en que el deber de un amigo consiste en dejar al otro equivocarse. Aun los errores merecen respeto. Un amigo puede hacer de brújula, pero no de predicador las veinticuatro horas del día. A la traición la engendra la deslealtad, la alimenta la inseguridad y la destruirá la justicia.
Ahí van quedando muchos amigos, rezagados a la vera del camino de la vida. Y luego están los otros, los que nos acompañan hasta la estación postrera. Su último acto de amor: bajarnos los párpados. Su última conversación: una íntima plegaria.
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