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Fernando Zamora |
¡Al progreso, por decreto!
abogado
He combatido, en este periódico, la idea de eliminar de la Constitución la alusión de nuestro origen cristiano como nación. Esto lo he sostenido porque estoy convencido de que se trata de un legado histórico, cultural, y espiritual que pertenece a los padres fundadores de nuestra nacionalidad, y que nos otorga identidad histórica como pueblo.
Sostuve, entre otros argumentos, que dicha confesión de fe, es un eslabón histórico que une la actual Constitución con la constituyente originaria que fundó la patria. Sin embargo, en días pasados, mi artículo fue rebatido aquí por el entusiasta promotor de la reforma, para lo que invoca –entre otros– como principal arma dialéctica, un razonamiento que califica irrefutable por evidente. Sostiene que existen países europeos que han alcanzado altos niveles de prosperidad material, pese a que buena parte de su población ha dado paso al descreimiento y al ateísmo. Cita como ejemplos a Suecia y Dinamarca.
Sensibilidad apagada. Cierto, estos países están experimentando una ancestral y recurrente tendencia de nuestra pobre condición humana, que sucede cuando las mieles de la prosperidad material apagan la sensibilidad espiritual de los pueblos y de los individuos. Lastimero es creer que la estatura espiritual o moral tiene relación con la riqueza material. Esta es una verdad antigua, evidente incluso en la actual crisis de valores, que se manifiesta pese a que vivimos en una Costa Rica mucho más próspera que aquella que conocieron nuestros padres o abuelos. Finalmente, valga agregar que, así como el progreso no se puede decretar, Venezuela no progresará por haber cambiado recientemente, en su Constitución, el nombre del país ni tampoco variarán nuestras condiciones de progreso material por el hecho de que eliminemos o no de la Constitución la alusión a nuestro origen cristiano como nación.
Lo que sí habremos perdido es una parte fundamental de la identidad histórico-cultural de la Constitución: la referida a su identidad moral primigenia y a la portentosa herencia del cristianismo como acicate de la forja de la nacionalidad. Esa es la esencia de mi posición: las naciones –igual que los individuos–, si no tienen identidad histórica a la cual asirse, quedan a merced de toda suerte de incertidumbres y de demagogias: el verdadero oscurantismo.
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