Costa Rica, Miércoles 19 de marzo de 2008

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EDITORIAL

Pekín se quita la máscara

 La represión en Tíbet reafirma el carácter totalitario del régimen chino

 Es hora de que su población tenga libertades culturales, religiosas y políticas

Las intensas protestas que conmovieron Lasa, capital de Tíbet, durante el pasado fin de semana, su extensión a otras ciudades de China y la violenta reacción oficial para detener el movimiento han puesto de relieve dos hechos de gran importancia: por una parte, el rígido control de las autoridades centrales sobre un territorio y un pueblo que, con justas razones, reclama mayor autonomía y respeto; por otro, el fracaso que esa política de dominio, violatoria de los derechos humanos, ha tenido hasta ahora, porque tras medio siglo de represión sistemática no ha logrado someter las ansias de la población.

En el trasfondo de ambas realidades, nuevamente se ha hecho visible otra que no debemos olvidar, por la amplitud de sus implicaciones: la naturaleza totalitaria del régimen de partido único que existe en China, el cual, a pesar de su apertura y éxito económicos, mantiene un rígido y brutal control sobre otros ámbitos de la actividad humana. En pocas de las regiones bajo su dominio este designio ha sido tan inflexible como en Tíbet, un territorio 24 veces más grande que Costa Rica, con un pueblo abrumadoramente budista, y con un deseo ancestral de autonomía.

Cuando, en 1949, Mao Zedong y su Partido Comunista proclamaron la República Popular China, una de sus primeras acciones agresivas fue invadir Tíbet, para entonces independiente. Pekín desarrolló, a partir de entonces, una brutal política de colonización y control. La resistencia nacional fue intensa, y el 10 marzo de 1959 se produjo una rebelión en Lasa, ahogada a sangre y fuego, que forzó el exilio, en la vecina India, del Dalai Lama, indiscutible líder espiritual tibetano. En 1965, los chinos absorbieron totalmente Tíbet, bajo el eufemismo de convertirlo en una región “autónoma”. En 1989 se produjo otra intensa ola de rebelión, cuya represión fue encabezada por el actual presidente chino Hu Jintao.

Las protestas más recientes surgieron al cumplirse medio siglo de las de 1959, y en un momento particularmente embarazoso para el Gobierno, porque, a pocos meses de que las Olimpiadas se celebren en Pekín, ha hecho enormes esfuerzos por dar una imagen de “normalidad” y de relativa tolerancia, la cual ha sido seriamente dañada tanto por la rebeldía tibetana como, y sobre todo, por la represión que la ha enfrentado. Amenazado en su control, el régimen se ha quitado su máscara

Aunque el jefe del Gobierno en Tíbet ha pretendido restar importancia política a los hechos, e incluso ha culpado de todo lo sucedido a la “clique” del Dalai Lama, la realidad es otra. Reportes de visitantes que han logrado filtrarse en medio de un absoluto cierre informativo, documentan una despiadada reacción, que ha conducido a la muerte de una cantidad indeterminada de civiles, muchos de ellos monjes budistas: algunas fuentes hablan de decenas; otras, de cientos. Las peores consecuencias se han dado en Lasa, pero también otras ciudades donde se protagonizaron protestas han sufrido por la violenta reacción.

Desde su exilio, el Dalai Lama ha llamado a la calma, como corresponde a un líder espiritual y pacifista como él. Es probable que esta petición conduzca a una reducción en las tensiones, que evite más muertes. Sin embargo, el problema de fondo se mantiene, porque se origina en la subordinación vertical de un pueblo en contra de su voluntad y de sus profundas creencias.

Por esto, mientras el régimen de Pekín no conceda mayores libertades religiosas, culturales y políticas a los tibetanos, difícilmente se apagarán las exigencias populares, y, a juzgar por lo sucedido en estos días, de nuevo la respuesta será la represión. Es decir, otra vez los hechos responderán a la clara naturaleza del régimen, que es el totalitarismo político, por mucho que se pretenda ocultarlo tras decorados más respetables.

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