Costa Rica, Miércoles 19 de marzo de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr.

En Vela

Los diez mandamientos son mucho más que la película que, todos los años, nos recetan las televisoras por estas épocas. Hace más de 3.000 años, Dios se los entregó a Moisés en el monte Sinaí no grabados en un DVD, sino en piedra. Y no para exhibirlos en la casa o en la oficina, tallados en madera, para deleite de los visitantes, sino para cumplirlos.

Una vez, un sagaz educador tico les preguntó a sus alumnos cuál era el mandamiento más despreciado por la gente, esto es, “el menos cumplido” en Tiquicia. Azorado por la respuesta inicial, repitió la prueba en varios cursos y por algunos años, no sin antes, por supuesto, refrescarles su memoria sobre el contenido del decálogo. No había ninguna duda. El consenso fue general, como dijo un diputado. Se llevó las palmas el séptimo mandamiento: “No robarás”. En conclusión, el pecado predilecto de los costarricenses es, de acuerdo con este sondeo, robar. La experiencia diaria confirma, además, a plenitud, el diagnóstico escolar.

En suma, el valor ético de la honradez presenta un patológico déficit nacional. Y si a la honradez le damos su contexto cabal, más allá del respeto al derecho de propiedad, es decir, la honradez como concordancia con los principios de probidad o integridad, la cosa adquiere una dimensión estratosférica. Desde el ratero, vulgar y corriente, hasta el honorable delincuente (haga la lista, amigo lector) –aquellos a los que Jesús llamaba “sepulcros blanqueados” o “lobos con piel de oveja”–, la gama semántica es ubérrima.

Pero no vayamos tan lejos. Quedémonos, por ahora, en el séptimo mandamiento mondo y lirondo: no robar, esto es, respetar los bienes ajenos. Desde este ángulo, la cosa está que arde. Noticia de La Nación del viernes: “En febrero pasado, el ICE llegó a tener, al mismo tiempo, 24 torres celulares fuera de servicio por el robo de cables”. La institución –como dijo su presidente ejecutivo Pedro Pablo Quirós– “no sabe qué hacer”. El ingenio del malhechor, como escribió Laurencia Sáenz en la Página 15, el lunes anterior, ha desbordado toda medida.

Robo de rejas, de estatuas, de baldosas, del reloj de la Botica Solera, de las tapas del AyA, de los vasos sagrados de las iglesias, de carros, de computadoras, de pinturas, de celulares, de las dentaduras en los cementerios, de exámenes, de libros, de todo lo visible e invisible... ¿Una plaga? Peor aún, una forma de ser, un estilo, desde el hogar y desde la escuela… Esta mentalidad generalizada ha construido, piso sobre piso, el edificio de la corrupción nacional. Ambos, el ratero –ubicuo y numeroso– y el honorable delincuente –selectivo, cínico y refinado– se nutren mutuamente.

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