Costa Rica, Lunes 24 de marzo de 2008

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Columna

Epicentro de la ciencia

Debbie Ponchner | dponchner@nacion.com

Periodista

¿Es el ser humano altruista por naturaleza? Décadas de estudios sobre el comportamiento humano señalan que no: el deseo de hacer el bien a otro, aún a costa de nuestro propio bien, no es algo innato, es una característica que se ha desarrollado por la necesidad de vivir en grupo.

Subsistimos gracias a la cooperación y la reciprocidad –hoy le ayudo a usted, mañana usted me ayuda a mí–, pero ¿qué sucede con aquellos “vivos” que se aprovechan de la buena voluntad de los otros de cooperar con él y a la hora de retribuir el favor no lo hacen?

Expertos en economía y en evolución del comportamiento humano, como los alemanes Bettina Rockenbach y Manfred Milinski, han demostrado con sus estudios que el “castigo” surgió en nuestra sociedad como una forma de asegurar la relación de cooperación.

Cuando hablan de castigo, se refieren a un “castigo costoso”, un mecanismo en que un individuo puede dar una gran reprensión a quien no colabora, aunque, para imponer el castigo, él también debe sufrir un costo.

Ahora, un nuevo estudio viene a cuestionar esa “funcionalidad” del castigo al señalar que castigar no le trae recompensas a quien castiga, ni favorece la colaboración en el grupo; “los ganadores no castigan”, concluye la investigación de matemáticos, economistas, biólogos evolutivos y analistas de dinámicas evolutivas de la Universidad de Harvard, EE.UU., y la Escuela de Economía de Estocolmo, Suecia.

Un juego. Anna Dreber y David G. Rand dirigieron la investigación en la que se reclutó a 104 voluntarios que fueron invitados a jugar, en dúos, “el dilema del prisionero”.

El juego les permitía tres acciones: cooperar, desertar o castigar. Para cooperar, la persona debía pagar una unidad de su capital al otro, a cambio de ganar dos unidades del bote para sí mismo; si tomaba la decisión de desertar, eso significaba que ganaba una unidad a costo de que el otro perdiera una de su capital. El castigo costoso significaba pagar una unidad de su capital a cambio de que al otro le sustrajeran cuatro.

Así, si ambos cooperaban, ambos ganaban; si ambos desertaban, ambos perdían; pero, si uno cooperaba y el otro desertaba, ganaba más el desertor y eso podía dejar con ganas al “perdedor” de imponer un castigo.

¿El resultado del experimento? Quienes ganaron el juego –aquellos que terminaron con más capital– nunca acudieron a la opción del castigo.

Dreber y Rand señalan en su estudio, publicado en Nature , que el castigo no surgió para resguardar la relación de cooperación pues más bien la debilita. Según los investigadores, el castigo surgió en nuestra sociedad como una forma de marcar el dominio de unos sobre otros.

Altruismo y felicidad. Entonces, ¿ayudamos a los otros solo para ayudarnos a nosotros mismos? Puede que sí haya algo en la naturaleza humana que nos lleve a ser buenos con los demás, aunque ni siquiera nos percatemos de ello.

Otros economistas de la Universidad de Harvard, de la mano de expertos de la Universidad de Bristish Columbia, Canadá, se dieron a la tarea de evaluar si el dinero puede efectivamente comprar la felicidad.

A pesar de que los voluntarios en sus diversos experimentos siempre señalaron que tener más dinero para gastar en ellos mismos les traería más felicidad, el estudio halló otra cosa: la única forma en que el dinero aumenta la felicidad de un individuo es cuando lo gasta en otros.

De acuerdo con lo que señalan Elizabeth Dunn y sus colegas en la última edición de la revista Science , un programa que incentive a las personas a gastar dinero en causas sociales podría traer un significativo aumento en la felicidad de los habitantes de un país.

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