EDITORIAL |
Este 187.° aniversario de la independencia nacional se celebró, conforme a la más devota tradición, con entusiasmo popular y fervorosas promesas oficiales. En observancia del rito patrio, los estudiantes pusieron la nota del júbilo y de la esperanza. Su participación leal y su franco desinterés nos invitan a reflexionar y actuar, en busca de lo mejor, por el bien del país, cuyo futuro está inscrito en la satisfacción de los derechos de la niñez y de la juventud.
La fecha de la independencia invita, asimismo, a la unidad, el santo y seña que guio a nuestros antepasados, y que, en esta hora de la historia, se torna en condición primaria y necesaria para acometer con eficacia la solución de los grandes retos acumulados, o los derivados de la situación actual. Hizo bien, por ello, el presidente Arias en formular un mensaje de conciliación nacional en su discurso en Cartago, al caer la noche del 14 de septiembre, en la conmemoración anual del arribo de la antorcha de la independencia. La sencillez y grandeza de aquella efeméride sigue iluminando e inspirando a nuestro país. La conciliación nacional nos evoca la visión y contenido del Pacto de Concordia, ideario original de nuestro país.
En esta festividad patria el presidente de la República convocó al pueblo a la conciliación nacional, “a levantar puentes y no paredes”, fiel a su metáfora favorita, y a bajar el tono a las críticas sobre su gestión. Concordamos plenamente con lo primero, pero cuestionamos lo segundo. Notamos, además, cierta incoherencia entre la conciliación y el tendido de puentes, por una parte, y, por la otra, la reducción del tono de la crítica, cuando, en el marco del sistema democrático y, aún más, en la propia existencia humana, la crítica externa y la autocrítica son valores esenciales.
En cuanto al tono de la crítica, el gobernante no aclaró su significado, lo que, en todo caso, es un aspecto secundario, pues lo que cuenta, en este campo, no es la fuerza de las palabras o la elevación de la voz, sino la diligencia en investigar los hechos y en informar conforme a ellos, todo bajo el alero del interés público. Así lo imponen el deber profesional, de parte de la prensa, de las instancias políticas y de las propias instituciones contraloras; el derecho a ser informado, de parte de los habitantes, y el sentido del servicio nacional, de parte de los gobernantes y de todos los funcionarios públicos en la esfera del Estado.
No hay duda de que, en su discurso del sábado pasado en Cartago, el presidente Arias se estaba refiriendo a los reportajes de La Nación sobre algunos hechos que lo han molestado a él y a sus colaboradores, así como a diputados y dirigentes del PLN. Posiblemente, en este proceso informativo, realizado con el mayor decoro y sentido profesional, las críticas hayan rozado la sensibilidad política o personal. Lo comprendemos. Es humano. Debe quedar claro, con todo, que no ha sido refutado el contenido de ninguna de las informaciones . Y esta es la cuestión de fondo. Desde este punto de vista, debe entender el presidente Arias que, en la esencia de la democracia, la sana crítica contribuye, más que cualquier otro material humano, a construir puentes y a levantar paredes. Sin los puentes y las paredes de la crítica y de la razón las vías de la democracia serían intransitables y la gran casa nacional se agrietaría y derrumbaría.
El presidente Arias llamó a la conciliación. En buena hora. Dejó de lado, sin embargo, una dimensión importante de la conciliación: el liderazgo del gobernante y de sus colaboradores, que inspire y guíe a los ciudadanos. Este liderazgo supone el respeto cabal a las leyes y el ejercicio de la virtud de la prudencia al hablar y al actuar, dentro y fuera del país, sin que esto contradiga, en modo alguno, el lenguaje firme y claro, y el ejercicio pleno de la autoridad.
Habría sido oportuno también tonificar y reforzar el mensaje a la conciliación con el reconocimiento de los errores o las faltas cometidas. La conciliación nacional supone la conciliación de los gobernantes consigo mismos, con su equipo de trabajo y, sobre todo, con la verdad, esto es, con los hechos. Desde esta plataforma de unidad en lo esencial, la otra cara de la independencia, podemos emprender el vuelo en medio de las congojas y desafíos internos y del mundo actual. Un compromiso nacional.
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