Artista y obra

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Artista y obra - 1
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En el lenguaje propio de las artes visuales, “bodegón” y “naturaleza muerta” son términos referentes a las composiciones pictóricas que representan objetos de la vida cotidiana, tales como alimentos, flores, frutas y, en general, cualquier objeto inanimado. Resulta, pues, un tema siempre retomado por los artistas tanto en sus etapas de aprendizaje como a lo largo de sus carreras porque permite un estudio minucioso y pausado del natural, sin las lógicas dificultades que implicaría capturar el apremiante dinamismo de lo animado.

Ahora bien, el hecho de que una fruta o un trozo de carne no se muevan, no significa que el cambio no se opere dentro de sus materialidades. Más aún, el cambio quizás sea más vertiginoso: el cambio del deterioro, de la putrefacción, de la pérdida de la frescura. Detrás de la lozanía se esconde, implícita, la transformación que acerca a la muerte o la desaparición.

El siglo barroco (el XVII) supo heredar a Occidente una reflexión, no en palabras sino en imágenes, del anverso que se esconde inevitablemente detrás de la retórica de la abundancia, propia de las pinturas recargadas con la frescura y el optimismo de los placeres vitales: el gustar, el mirar, el tocar. Me refiero –cómo no– a la “vánitas” (“vanidad” en latín)

La vánitas es una subcategoría de la naturaleza muerta, y exalta esa otra cara de la moneda por medio de imágenes alegóricas: calaveras, relojes, frutas pasadas, flores que se marchitan...

Podríamos pensar que el pesimismo del que nos hablan aquellas alegorías es una prueba superada, un desvarío de mentes ascéticas mal alimentadas, que vivieron en una época de precariedad, guerra y pestes.

Sin embargo, me pregunto si no serán acaso nuestros supermercados abarrotados, nuestra aparente estabilidad productiva o el asqueroso despilfarro y el desperdicio en el que retozan las naciones desarrolladas, una nueva versión de aquel optimismo que los europeos modernos quisieron exaltar por medio de sus pinturas; es decir, la tranquilidad de una economía aparentemente fuerte y que daba de comer en abundancia y eternamente.

¿No serán acaso los mares sobreexplotados, la inminente crisis mundial del agua y el desequilibrio alimentario los ecos de aquellas trompetas que pusieron a reflexionar a los barrocos acerca de que, muy probablemente, no todo es tan bonito como lo pintan?

Mi obra Sobras de pescado es parte de una serie en la que trabajo desde hace algún tiempo y que invita a reflexionar en torno de conceptos como el despojo, el abandono y la precariedad. Este conjunto de obras es la otra cara de la moneda de mi trabajo anterior en el campo del bodegón, caracterizado por un uso abundante de la materia pictórica en composiciones cargadas de color y de texturas.

Más bien, ahora busco reflejar una cierta aridez tanto con el color como con la técnica. La pastosidad del óleo se prestaba bien para ese juego casi táctil de la materia, pero ha dado paso ahora a medios más simples: la tinta china, el carboncillo y las tizas de color usados en composiciones simples, casi monocromas y con abundante espacio vacío. Me parece que esa serie es una reflexión en torno a mi proceso como artista y en torno a la pintura como sistema de significados: una especie de “autovánitas”.

Nunca está de más condimentar con un poco de ironía el quehacer artístico y vital, ¿no cree usted?

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Noticia La Nación: Artista y obra