No, no se puede dar nada por sentado. Incluso tras deleitarse con el inspirador monólogo-documental La verdad indiscutible , protagonizado por Mike Tyson y producido por HBO, es imposible no percibir que Michael Gerard “Mike” Tyson convivirá con sus demonios de por vida.
Esa vida que da tantas vueltas. Que lo diga el mismísimo Tyson, a quien muchos –con toda la razón– han dado por perdido, por cuenta de su innumerable cadena de errores y escándalos... aún así, al menos al día de hoy, hay que reconocer que el bravucón de Brooklyn ha hecho lo posible y lo imposible, o al menos lo humanamente posible, para exorcizar sus demonios.
Dos hechos marcaron esa suerte de renacimiento de Tyson en los últimos tiempos: el documental de HBO, de la mano del magnífico cineasta Spike Lee, y la autobiografía homónima, La verdad indiscutible, en la que el exastro del boxeo escupe todo el fuego del infierno, mucho hacia afuera, pero gran parte también hacia adentro.
Quien no haya leído la biografía, puede deleitarse y asombrarse con el documental de HBO, que se transmitirá este martes 21 de enero, a las 10 de la noche (la gigante cadena lo transmite con alguna regularidad y además, está disponible en sitios de paga de Internet).
El otrora “chico malo de los cuadriláteros”, que abundó en fama y dinero y también en escándalos, cárcel, vicios y quiebra, parece haber resurgido contra todos los pronósticos y hoy participa en películas taquilleras, entrena a celebridades del calibre de Justin Bieber, cría palomas, trata de ser un mejor papá y esposo, ha ido resolviendo su ruina económica e intenta vivir un día a la vez.
Pero lo está haciendo con entusiasmo, y tras haber confesado en su monólogo y en su autobiografía, las vivencias más impensables, cuando era un niño pobre y cuando era un campeón multimillonario. La miseria siempre lo ha perseguido, de una u otra forma, empezando por aquella que vino con los falsos amigos y con ese mundo que, según confiesa, lo avasalló y lo dejó en la lona aún cuando era el boxeador más importante del mundo.
El renacer
No hay nada mejor que escuchar a Tyson, con su particular articulación “zopetas”, sus dichos y su acento barriobajero, contar y dramatizar su historia.
Pero se impone recapitular su estela de fracasos y sufrimientos, un rompecabezas de violencia, estafas, escándalos, vicios, cárcel, humillaciones y arrepentimientos que han caracterizado a este hombre que alguna vez pareció invencible con sus puños de acero y mirada iracunda.
Su comportamiento agresivo –que en más de una ocasión lo ha llevado a la cárcel y en la actualidad lo ha puesto a cumplir– encuentra coartada en una vida prolífera en conflictos y fracasos personales.
La dimensión de sus caídas es proporcional a la fuerza con la que ha ido saliendo adelante poco a poco. Hoy, se le ve feliz. La última vez, posando con la crema y nata de Hollywood, en la entrega de los Globos de Oro, el domingo pasado.
Al día de hoy, se le ve en paz. Hablar y escribir sobre sus peores tragedias y sus terribles errores, parecen haberlo liberado. Camina con la frente en alto y sobrelleva sus penas (como la muerte de una de sus hijas, en un absurdo accidente, a los 4 años de edad) compartiendo lo mucho que le dejó el hecho de compartir, en el hospital, con otros padres no famosos que compartían con él la terrible tragedia.
“Es la asociación a la que nadie quiere pertenecer, la de los padres que pierden un hijo”, afirma en uno de los trances más conmovedores del documental.
Semilla dañada
Y es que desde la infancia, el bravucón del boxeo debió agenciárselas para salir adelante en las azarosas calles de Brooklyn, Nueva York, lugar donde pulula la ley del más fuerte.
Precisamente ahí, y a los diez años, Mike comprobó que de nada le serviría seguir siendo un niño humilde, delgado y de hablar susurrante. Las humillaciones de sus amigos que lo llamaban “mariquita”, más los golpes atestados por sus compañeras de escuela, que se aprovechaban de su figura escuálida para robarle el dinero y otras pertenencias, contribuyeron a moldear su salvaje personalidad.
Sin embargo, la ira se apoderó por completo de su espíritu el día en que un vecino, cinco años mayor, firmó el último suspiro de una de las tantas palomas que Mike acostumbraba a cuidar en el tejado de un viejo edificio. La frustración al ver a su mascota destrozada, con el cuello partido, lo impulsó a desangrar a su rival, en medio de un torbellino de patadas y golpes.
“Le partí el alma”, fueron las palabras de Tyson cuando, 10 años después, recordó aquel episodio infantil durante una entrevista, con motivo de su primer campeonato mundial en 1986.
¿Cordero entre víboras?
Desde que ocurrió el incidente con la paloma, el niño debilucho modificó su existencia y prometió no volver a ser “el payaso” de Brooklyn. En pocos meses se transformó en un delincuente, en un matón inexorable y en un comensal de los diversos reformatorios juveniles, donde aprendió a escabullirse por medio del boxeo, tal como da cuenta un reportaje publicado en este diario en 1999, el que hacía eco de la prensa mundial y especializada: Mike Tyson estaba acabado y terminaría muerto en una alcantarilla.
Recién había recibido una nueva condena de prisión por aquellos días.
El demonio que él llevaba por dentro fue doblegado por el entrenador Cus D’Amato, quien se convirtió no solo en el mentor, si no en un verdadero padre para Tyson. D’Amato, al ver el potencial del muchacho y su sobresaliente anatomía, decidió sacarlo de las calles y adoptarlo tras la muerte de su madre.
Tanto era el apego por su mentor que cuando este murió, las lágrimas se apoderaron del corpulento Tyson, e incluso, dejó entrever públicamente el deseo de acabar con su vida.
Lo que jamás se imaginó es que sin D’Amato su existencia daría un giro de 180 grados, pues quienes en adelante se le acercaron no dieron con la fórmula precisa para sosegar su evidente falta de afecto y, más bien, se concentraron en la estrategia para sacarle partido a sus músculos y a su progresiva fortuna.
Para aquel entonces él ya tenía el mundo a sus pies. Se exhibía en las portadas de las revistas más famosas y literalmente le llovían los dólares de las televisoras, los casinos y los patrocinadores.
Pero su poderío e instinto salvaje le provocó tantos problemas como su dinero. En 1987, luego de ganar el campeonato de los pesos pesados, un vigilante de un parqueo dijo que Tyson intentó besar a una empleada. Enfurecido, el boxeador golpeó al guarda y tuvo que desembolsar $105 mil para lograr un arreglo extrajudicial.
En ese mismo año, se obsesionó con la actriz Robin Givens, una atractiva morena que, según diversos artículos de prensa, se aprovechó del enamoramiento de Mike para incrementar su propia mina y la de su madre. ¡Hay que ver lo que dice Tyson sobre ese par en su sabroso monólogo, en el que, por cierto, no deja títere con cabeza!.
El tormentoso matrimonio, matizado por constantes agresiones físicas, duró solo doce meses y concluyó luego de que el mundo se enterara, por boca de Givens, que Tyson era un maníaco depresivo. Esas al menos fueron sus declaraciones durante una entrevista que la pareja concedió a Barbara Walters en el canal ABC y en la cual el campeón permaneció en silencio, pues se encontraba sedado por tratamiento médico.
Más abusos
Givens no fue la última persona en aprovecharse de Mike. Poco tiempo después apareció en la vida de este luchador, Don King; un nuevo entrenador de cabellos erizados que para capturar la atención de Tyson y obtener el máximo provecho monetario, le creó un falso ambiente familiar, donde, sin embargo, no existía la menor intensión de calmar los demonios que este joven llevaba por dentro.
Mujeres (hasta 24 en una misma noche), champaña y despilfarros se convirtieron en una constante para el confundido Mike, quien cada día se involucraba en mayores problemas, sin que su mentor hiciera algo por detenerlo.
La noche del 18 de julio de 1991 en Indianápolis fue el acabose, cuando ebrio y fuera de sí, violó supuestamente a una de las concursantes de Miss América Negra. La víctima fue Desiree Washington de 18 años y residente en Rhode Island.
Por ese suceso Tyson fue condenado a seis años de prisión, solo que gracias a su buen comportamiento quedó en libertad tres años después, el 25 de marzo de 1995.
Durante su estancia en la cárcel “Iron Mike” (Mike de Hierro) se convirtió al islam, aprendió matemáticas y se devoró los libros de Maquiavelo, Voltaire, Homero y Hemingway.
Aunque todo indicaba que por fin la madurez había alcanzado al chico malo de Brooklyn, la codicia de su entrenador, Don King, fue mucho más poderosa. En cuestión de días volvió a los cuadriláteros para luchar contra boxeadores sin futuro, donde el único objetivo era el factor dinero.
Fue así como en dos años, Tyson ganó más de cien millones de dólares; una avalancha monetaria que cesó luego de enfrentarse a Evander Holyfield, el primer oponente serio que le impidió recuperar su título de pesos pesados.
En ese encuentro, la fiera oculta de Mike despertó de pronto y al percatarse de que iba a resultar perdedor, mordió a su rival en la oreja y le cercenó un trozo de cartílago.
La descalificación por aquel acto fue inminente. Las autoridades internacionales de boxeo le suspendieron la licencia por un corto tiempo y lo único que le quedó por hacer a este “antihéroe clásico” fue participar en los torneos de lucha libre, donde algunos de sus seguidores se mostraron defraudados.
Han pasado varios lustros desde entonces. Tyson quebró económicamente, se casó varias veces, tuvo hijos desatendidos, se refugió en la crianza de palomas, aumentó 70 kilos, los bajó . Hoy, sigue rozándose con la crema y nata de Hollyood, pero desde otra perspectiva.
Se ha confesado con medio planeta y se sabe vulnerable, pero lucha a puño partido por ser un mejor ser humano cada día, como lo confesó en su inspirador monólogo. Mike Tyson certifica así que, en casi cualquier escenario, todos merecemos, como mínimo, el beneficio de la duda.
Al menos, al día de hoy, está sacando su casta de campeón.