
“La administración Aguilar se convirtió en la primera de la historia de Costa Rica que dedicó esfuerzos a preservar el modesto patrimonio arquitectónico heredado de la dominación española, al declarar monumento nacional […] a las ruinas de Ujarrás y tomar medidas para su conservación y vigilancia”
Tan significativa frase fue plasmada por el historiador y diplomático Jesús Fernández Morales en su obra Las Presidencias del Castillo Azul, para referirse a uno de los actos más importantes que realizó el entonces presidente de la República, Francisco Aguilar Barquero, durante su corto mandato (1919-1920).
Precisamente hace una centuria, el Estado costarricense ejecutó un primigenio paso pasa resguardar los tesoros constructivos de más valía en nuestra historia, empezando por los vestigios de la iglesia colonial de Ujarrás.
Primer templo
Desde la época precolombina existió en el valle del río Reventazón un poblado aborigen huetar conocido como Ujarraci (lugar de tierra arenosa), el cual quedó bajo dominio español, entre 1561 y 1563, como parte adyacente a la recién fundada ciudad de Cartago, cuyo primer santo patrono fue el apóstol Santiago.
Casi de seguido (1565-1575), la primera parroquia de la ahora españolizada localidad de Ujarrás fue erigida por el primigenio grupo de religiosos franciscanos que se asentaron en nuestro territorio. Estructura que con toda probabilidad debió de consistir en un modesto rancho pajizo, al que con el paso de los años se le fue agregando otros materiales de más resistencia y compactación.
De modo especial, la recién creada ermita fue consagrada a la advocación de la Purísima Concepción de la Virgen María. Hecho que implicó un hito, pues se convirtió en la primera sede de la historia religiosa costarricense que se dedicó en honor a la madre de Jesucristo.
Al respecto, fue el célebre presbítero franciscano fray Lorenzo de Bienvenida, quien trajo a Costa Rica la imagen de la citada Purísima Concepción. La pieza fue un obsequio del rey español Felipe II, tras la visita que tanto este religioso, como el afamado conquistador Juan Vázquez de Coronado y Anaya, habían efectuado poco antes a dicho monarca para exponerle los exitosos pormenores de sus derroteros previos en nuestro territorio (Blanco, Ricardo, Historia eclesiástica de Costa Rica, 1967).

Consolidación
En las primeras décadas del siglo XVII, el patronazgo del apóstol Santiago sobre la geografía del valle central se fue diluyendo, pues dicha labor se encargó a la ahora llamada Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Ujarrás. Esto fue resultado de un hecho bélico que amenazó a nuestros habitantes en aquella centuria.
En abril de 1666, un grupúsculo de corsarios, liderados por los piratas ingleses Edward Mansfield y Henry Morgan, invadieron Costa Rica. Ya cuando se encontraban en el poblado de Turrialba, el entonces gobernador de nuestro suelo, Juan López de la Flor (1665-1674), envío un pequeño contingente armado para repelerlos liderado por el capitán Alonso de Bonilla.
Fue entonces cuando los pobladores de Ujarrás y Cartago realizaron varios pedimentos religiosos y procesiones a la Virgen de Ujarrás para la contención de los bucaneros. A los pocos días, dichos facinerosos huyeron al constatar la presencia del nimio grupo militar de Bonilla. Ello llevó a nuestros antepasados a calificar a este episodio como un milagro (Prado, Eladio, Nuestra Señora de Ujarrás, 1920) y a la implementación del nuevo nombre de Nuestra Señora de la Purísima Concepción del Rescate de Ujarrás.
Durante el período como Gobernador de Miguel Gómez de Lara (1681-1693), se edificó una nueva iglesia en Ujarrás a base de cal y canto como gesto de agradecimiento. Esta es la parroquia cuyos vestigios admiramos en el presente.
Traslado decimonónico
En octubre de 1778, nació y fue bautizado en Ujarrás el futuro presbítero Florencio del Castillo Villagra, quien no solo llegaría a ser uno de los costarricenses más destacados de nuestra historia y de la de México, sino también presidente de las españolas Cortés de Cádiz, a cuyo interior lograría que Ujarrás obtuviese el título jurídico oficial de Villa (1813).
Con la llegada del siglo XIX, algunos problemas empezaron a asolar a Ujarrás. Junto a las reiteradas inundaciones de los ríos circundantes y el falseamiento de sus terrenos, también se desataban constantes epidemias que mermaron a su población. Por este motivo se convocó a un cabildo abierto (1825) para trasladar la ciudad a otro sitio, mas la mayoría de sus habitantes optaron por quedarse ahí (Bolaños, Rafael y otros, Ayer Ujarrás…hoy Paráiso, 1993).
La realidad se hizo insostenible. En marzo de 1832 y a petición de las autoridades políticas de Ujarrás, el entonces vicejefe de Estado, José R. Gallegos Alvarado, rubricó el Decreto N.° 50, en cuyo texto se ordenó la reubicación de dicha localidad. El nuevo asentamiento se situó en el cercano Llano de Santa Lucía y recibió el nuevo nombre de Paraíso, el cual mantiene hasta la actualidad.
Tras el desmantelamiento de la parroquia de Ujarrás (excepto sus paredes exteriores), la mayoría de sus materiales fueron remitidos a Paraíso para edificar su novel iglesia y, en julio de 1832, la venerada imagen de la Virgen de Ujarrás fue trasladada a su nueva sede.
Olvido y resguardo

Poco a poco y por los próximos casi noventa años, el inexorable paso del tiempo se fue confabulando con la desidia provocando que las ahora llamadas Ruinas de Ujarrás mostrasen gran deterioro. El terreno donde se ubican fue vendido por la municipalidad de Paraíso y adquirido, sucesivamente, por varios propietarios privados.
Con la llegada del jurista cartaginés, Francisco Aguilar Barquero, a la Presidencia de la Republica (1919), se tomó una certera decisión sobre la otrora casa de la Virgen de Ujarrás. Dicho gobernante firmó, en abril de 1920, un decreto en el que dispuso: “Considerando que es un deber nacional conservar el patrimonio histórico y artístico que nos legaron los antepasados para transmitirlo a nuestros descendientes (se) decreta: art. 1°.- […] las ruinas del santuario de Ujarrás se declaran monumento nacional” (Colección de Leyes y Decretos, 1920).
Ya para la segunda mitad del siglo XX y propiamente durante el Gobierno de Mario Echandi J., se logró que los dueños de las ruinas donasen dicho inmueble al Instituto Costarricense de Turismo (ICT). Esto permitió su paulatina reconstrucción, así como su reforzamiento, iluminación y resguardo, destacando el remozamiento de la antigua inscripción que todavía se puede observar en su fachada: Viva Nuestra Señora del Reskate (sí con K).
En noviembre de 1985, el mandatario Luis Alberto Monge A. suscribió otro decreto en el que reafirmaba lo acontecido en 1920 y detalló: “Se declara Monumento Nacional las ruinas de las que fuera la iglesia de la Purísima Concepción del Rescate de Ujarrás, conocidas como Ruinas de Ujarrás” (La Gaceta, N.° 237, 11 de diciembre, 1985). Todo lo cual se complementó en el 2010, cuando el Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura invirtió una ostensible cantidad pecuniaria en la restauración de dicha estructura constructiva.
Al cumplir en este 2020 un siglo exacto de su incuestionable protección estatal, las ruinas de Ujarrás se yerguen, para orgullo y valía de todos los costarricenses, como un ejemplo excepcional e imperecedero de un honroso pasado arquitectónico que por dicha no tenemos que imaginar o anhelar, sino que podemos disfrutar hoy en día en todo su esplendor.
*El autor es director de la Cátedra de Historia del Derecho de la U.C.R. e integrante de la Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas.