Solo en Chatham, una de las tres bahías de Isla del Coco, residen 206 tiburones punta blanca. Esto quiere decir que estos tiburones usan este lugar como su “casa” fija y no solo para “vacacionar”.
Este es uno de los resultados preliminares de una investigación que pretende evaluar las poblaciones de punta blanca (
El estudio lo encabezan biólogos de la organización Misión Tiburón, con apoyo de guardaparques del Área de Conservación Marina Isla del Coco (Acmic).
Para llegar a este resultado, los investigadores colocaron marcas a los escualos y realizaron avistamientos subacuáticos.
Luego, a partir de modelos de captura y recaptura, calcularon la población en el lugar.
“La bahía podría ser cuatro veces el lago de La Sabana”, indicó Geiner Golfín, administrador de Isla del Coco y uno de los colaboradores del estudio, cuyo fin es dimensionar cuán abundantes son estos animales en el sitio.
Esta especie de tiburones vive en los arrecifes y se llama así porque su aleta dorsal es blanca en la punta.
Según Andrés López, uno de los investigadores, la población de punta blanca en Isla del Coco es una de las más saludables y prístinas en el mundo. Por esa razón, los datos sobre abundancia, crecimiento y distribución servirán de referencia para evaluar cómo están otros lugares.
Incluso, a largo plazo, estos datos podrían dar pistas sobre el impacto del cambio climático.
“Es una especie relacionada con arrecifes de coral y como estos son muy vulnerables a los cambios de temperatura, pues el tiburón también lo va a ser”, destacó Ilena Zanella, de Misión Tiburón.
Asimismo, el estudio permitirá conocer más sobre esta especie. “No sabemos cuántos tiburones hay, cuántos años viven o cuántas crías tienen. Es irónico que sea una de las especies más abundantes y atractivas de la isla y no sabemos mucho sobre ella”, agregó Zanella.
Salieron de noche porque ese es el momento de más actividad de los punta blanca.
Con una cuerda de mano, que posee un anzuelo tipo circular de 1,5 cm de diámetro y una carnada de calamar, capturan al escualo. Suben el animal a cubierta y remueven el anzuelo, el cual fue previamente limado para minimizar el daño que pudiera causar.
Ya en el bote, lo miden y pesan, determinan si es macho o hembra y su estado de madurez (si es juvenil o adulto).
Luego, le colocan una marca tipo
“Los colores permiten saber los movimientos. Ya hemos visto desplazamientos locales de una milla, por ejemplo”, explicó López.
Luego de colocar la marca, se le pone un antibiótico para evitar infecciones y se libera. “Todo eso dura dos minutos”, dijo Zanella.
“Cuando los volvemos a ver, no hay alteraciones en la aleta o laceraciones, cicatrizan bastante bien”, agregó la bióloga.
En cada sitio de marcaje, se tomaron otros datos como coordenadas geográficas, hora de marcaje, profundidad, temperatura, fase lunar y salinidad.
Días después, en horas de la mañana o la tarde, los investigadores bucean en los mismos sitios para comprobar si los peces siguen ahí.
“No podemos decir que esta es la talla más grande en la bahía porque tenemos una selectividad del anzuelo, ya que usamos uno pequeño para no hacer daño. Pero hemos visto tiburones de más de 130 cm en los buceos”, dijo López.
Asimismo, los biólogos han notado que, al alcanzar una talla de un metro, los tiburones punta blanca maduran.
“Algo interesante es que en las mismas bahías encontramos tiburones en estados inmaduros, madurando y maduros. Eso nos llamó la atención porque en los tiburones hay segregaciones, los pequeños no suelen estar con los grandes debido a la depredación”, dijo López.
“Al empezar el proyecto, íbamos con la idea de que las bahías eran áreas de crianza, por lo que solo íbamos a ver juveniles. Cosa que no fue así porque ya se han visto individuos maduros”, comentó el biólogo.
Por otra parte, los buceos han permitido observar el 25% de los animales marcados, lo cual confirma cuán residente y territorial es esta especie.
A la fecha, solo se recapturó un animal.
“Eso fue algo importantísimo porque pudimos ver el crecimiento. El tiburón creció 2 cm por mes y lo más curioso es que se recapturó en el mismo sitio donde fue marcado”, destacó Zanella.
“Eso viene a comprobar que es una especie muy residente y esas son las especies que necesitamos para ver el impacto del calentamiento global porque son indicadores”, agregó López.
Este es el primer año de trabajo, pero se esperan que sean cinco. Para López, estos datos permitirán determinar la capacidad de carga de los sitios de buceo.
“En estos tiempos en que la conservación es importante, la ciencia ayuda a dar pautas de manejo”, dijo Golfín.