Hasta el domingo 19 estará en cartelera la obra de teatro Himmelweg (Camino del cielo), de Juan Mayorga (Madrid, 1965). El tema gira en torno al holocausto judío durante el nazismo. No es un tema cualquiera ni un autor cualquiera ni una obra cualquiera. Es la obra maestra de un destacado dramaturgo sobre el tema quizás más “irrepresentable” que haya.
Seguramente Juan Mayorga es hoy el dramaturgo mejor situado para presidir el teatro de la primera mitad del siglo XXI en España. Aun habiendo logrado antes éxitos tan rotundos como el de Cartas de amor a Stalin (1998), su consagración llega con la pieza que ahora se ofrece en Costa Rica.
El mérito de Himmelweg (2003) es proporcional al formidable desafío estético que afronta y que supera con suma inteligencia artística: nada menos que poner en escena el Holocausto, y en su escenario más genuino, el horror de los campos de exterminio. Ni en su producción anterior ni en la posterior, siendo excelentes, vuelve a brillar a semejante altura el talento dramático del autor.
Dicho sea en confidencia, hemos leído el texto, todavía no definitivo, de una obra que sigue inédita y en la que el vuelo de la dramaturgia de Mayorga vuelve a discurrir por las cimas de Himmelweg. Su título provisional es El cartógrafo de Hurbineka y tiene como escenario el horror del gueto de Varsovia.
Se diría que la Shoá hace que Mayorga dé lo mejor de sí como dramaturgo pues el tema mismo, siendo conmovedor hasta el espanto, se alza como la dificultad mayor para tratarlo y más aún para dramatizarlo.
Ambas obras resuelven la paradoja de hablar de lo inefable, o de expresar lo inexpresable, llevándola al extremo del arte mimético por excelencia, del modo in-mediato de representación; o sea, del teatro.
¿Cómo poner en escena lo literalmente irrepresentable, lo que no puede ser mostrado en vivo, aquello cuya visión inmediata ningún ojo humano puede soportar? La dramaturgia de estas obras permite vislumbrar algunas soluciones a esta genuina aporía pues lo asombroso es que son dramas en el sentido más estricto, aunque imposibles: puro y pleno teatro de lo irrepresentable.
El Holocausto. El tema del Holocausto no se reduce, en la producción de Mayorga, a esas dos obras mayores. Asoma apenas en El traductor de Blumenberg (2000). De forma implícita está presente en Tres anillos (2003) y, parcial aunque expresamente, en La tortuga de Darwin (2008), ¡una comedia!
El Holocausto inunda otras tres obras: JK (2006), sobre la trágica peripecia final de Walter Benjamin; Job (2004), a partir del Libro de Job y de textos de Elie Wiesel, Zvi Kolitz y Etti Hillesum; y Wstawac (2007), sobre textos de Primo Levi.
Hay que decir que el Holocausto ocupa un lugar central entre los intereses intelectuales de Juan Mayorga. La tesis con que se doctoró en 1997 se tituló La filosofía de la historia en Walter Benjamin. Mayorga ha investigado y publicado artículos y ensayos sobre el asunto, entre ellos “La representación teatral del Holocausto”, en el que aborda la paradoja antes aludida.
Mayorga ha dicho: “Ese teatro del Holocausto no aspirará a competir con el testigo. Su misión es otra. Su misión es construir una experiencia de la pérdida; no saldar simbólicamente la deuda, sino recordar que la deuda nunca será saldada; no hablar por la víctima, sino hacer que resuene su silencio. El teatro, arte de la voz humana, puede hacernos escuchar el silencio. El teatro, arte del cuerpo, puede hacer visible su ausencia. El teatro, arte de la memoria, puede hacer sensible el olvido”.
Es que, siendo lo decisivo su talento como dramaturgo, Mayorga es además matemático y filósofo, lo que no resulta baladí. Su peculiar teatro histórico, del que Himmelweg es un ejemplo excelente, tiene mucho que ver con sus investigaciones sobre filosofía de la historia. La estructura de muchas de sus obras es, como la de esta, de una precisión y una belleza genuinamente matemáticas.
Mayorga escribe un teatro a la vez hondo y vivo, llano y exquisito; pero, sobre todo, sin ceder un ápice de emoción y naturalidad, un teatro inteligente. Contra lo que piensan algunos, la inteligencia no menoscaba la “teatralidad”, sino que la acrecienta. Por esto yerran quienes se la regatean a Camino del cielo, deslumbrados quizás, y con razón, por sus alardes de forma y estructura.
Dureza mitigada. Pocas obras consiguen como esta, no ya quebrar sino abolir el orden cronológico, anular la lógica del tiempo y sin merma del interés. Lo mismo cabe decir del empleo de la repetición o del recurso al monólogo. El muy extenso que abre la pieza es narrativo de forma desafiante pues, dado que revela todos los hechos, la representación no puede ya sino volver sobre ellos, para explicarlos, para comprenderlos. Lo asombroso es que la intriga, el afán por saber más, no decaiga en ningún momento.
Esta obra, teatral hasta la médula, habla de los campos de exterminio de judíos o, mejor, de la ceguera ante el terror por incredulidad o cobardía; de las oportunidades echadas a perder, más criminales a veces que los mismos crímenes. Es un drama histórico, pero que nos interpela directa y expresamente pues es ante todo “una obra sobre la actualidad”, según el autor.
No resulta difícil identificarse con el personaje “focal”, ese inspector de la Cruz Roja, sin duda bienintencionado, que quiere ayudar, pero que no se atreve a abrir las puertas que hay que abrir y a descubrir así que el camino del cielo es en realidad un camino al infierno. Tampoco cuesta identificar, detrás, a una sociedad que no quería –y que no quiere– ver.
Las atroces relaciones que hay entre víctimas y verdugos, entre culpa e inocencia, entre horror y pasividad cómplice, se despliegan en un perverso juego “metateatral”: hacia dentro, la despiadada representación del engaño criminal; hacia fuera, la revelación de la verdad precisamente por la puesta en evidencia de la impostura.
Himmelweg es obra de una dureza casi insoportable, pero mitigada por la mirada oblicua y el derroche de inteligencia. Himmelweg propone una incursión en el infierno de la inhumanidad, que nos hiere de muerte tanto como nos cura el milagro del arte. Es pura y gran literatura, teatro grande y genuino.
El autor es teórico y crítico teatral, e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.