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Nuevamente la amnesia viene a ser tema en una película. Esta vez se trata del filme Crímenes de la mente (2003), dirigido por el alemán Roland Suso Richter.
Casi siempre las películas amnésicas se ubican en el campo del suspenso y esta no es la excepción, amén de que funciona con empuje.
Sabemos que la amnesia es flaqueza de muchos políticos, quienes siempre olvidan lo que les conviene dejar en el tintero; pero esta vez, en este largometraje, la patraña va por otro rumbo. Crímenes de la mente narra la historia de Simon Cable (bien encarnado por el joven actor Ryan Phillippe), quien vive una angustiosa experiencia al borde de la muerte.
Simon se despierta en un hospital. No recuerda nada. Le hablan de la muerte de un hermano y de la presencia de su esposa, pero él no recuerda a ninguno de los dos. Lo extraño es que su esposa Anna (actuación irregular de Piper Perabo) se muestra muy agresiva con él.
De pronto, como si cruzara una realidad paralela, Simon se encuentra más allá de sus lagunas mentales. Aquí, él tiene otra esposa llamada Clair (con actuación amplia de Sarah Polley) y sí existe alguien que puede ser su hermano.
Ambas realidades se acercan o se distancian, según los acontecimientos o la presencia de los recuerdos. De esa manera se estructura el suspenso y el filme logra transmitirlo de manera acumulativa: es su logro.
Nuestro personaje se ve en un callejón sin salida. Es lo que genera la angustia posible en el espectador, aunque poco a poco la resolución de dicho suspenso se decanta de manera más bien fácil. Como decía el escritor mejicano Octavio Paz: “En un callejón sin salida, la única salida es el callejón”.
Aunque hubiéramos preferido un final más intenso, además de sorpresivo como el que tiene la película, no podemos negar que esta cinta entretiene bien con el desarrollo de su argumento, porque sabe abrir situaciones de conflicto y nudos narrativos para dar paso al interés por la intriga.
La película tiene una planificación percutante, donde se acumulan datos y más datos, no todos bien resueltos, pero que tampoco rompen con las situaciones abracadabrantes del relato. En tanto, ofrece música de Nicholas Pike que puntúa muy bien las emociones pretendidas
La puesta visual también está cuidada, desde lo propiamente escenográfico hasta la fotografía envolvente. No es un asunto de densidad dramática: lo visual solo pretende mostrar el relato como “algo posiblemente real”, entre la vida y la muerte, entre el olvido y el recuerdo, entre la locura y la cordura.
No es cine perfecto, pero es entretenido. No es filme para ponerlo en un tubo de ensayo y analizarlo, es para disfrutarlo, que el suspenso igual solaza.