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Guía de restaurantes

TIEMPO LIBRE SUGIERE PARA COMIDA ESPAÑOLA, MEXICANA Y FRANCESA

HABÍA UNA VEZ UN SEÑOR y una señora que vinieron desde su natal Italia y comenzaron a vender aquí una rara tortilla grande a la que le colocaban encima un montón de cosas, empezando por queso y terminando con cualquier otro ingrediente que soltara el ingenio.

Al principio, el asunto se veía con gran asombro y una dosis no menor de temor, pero, poco a poco, los josefinos fueron cayendo en la trampa gastronómica, y, al final, la pizza se hizo tan famosa como en la propia Italia.

Así podría resumirse el cuento del nacimiento del restaurante Alpino, allá por los inicios de los sesenta, de la mano de sus propietarios: Rodrigo Bergami y María Suzzi.

Ya el restaurante no está en sus manos pues, hace poco más de un año, don Rodrigo falleció. Doña María partió entonces en busca de la tierra donde dejó su ombligo, para estar con los suyos. Pero el Alpino sigue viento en popa, ahora bajo la tutela de José Manuel Quirós y su familia.

De la tradición no se ha perdido ni una letra pues Quirós fue un fiel servidor del antiguo dueño desde que el Alpino nació en una esquina de La Uruca, donde ahora se encuentra la fábrica de galletas Pozuelo.

Precisamente esa fidelidad fue lo que lo hizo acreedor de la patria potestad de esa criatura culinaria.

Y es que ha sido fiel no solo en preservar el buen nombre del lugar, si no también sus recetas, de tal forma que la pizza se hace exactamente igual que como la vieron preparar a la pareja de italianos; y no solo la pizza: toda la cantidad de platillos de pasta que se ofrecen en el Alpino, que desde hace muchísimos años se mudó al costado sur de la Corte Suprema de Justicia, en barrio González Lahmann.

No solo de pizza...

Preguntamos a José Manuel Quirós -ese buen conversador que tiene archivados en su memoria todos los detalles del negocio- cuál es el secreto de la pizza del Alpino, ese que hace que los clientes de siempre sigan yendo a buscarla (ahora hasta con sus nietos), y él responde: la pasta.

Pero no es solo eso. Quienes la preparan aprendieron de don Rodrigo, y miden los ingredientes por puños -nunca por gramos ni otra de esas sutilezas-, y a base de puñados le saben encontrar el punto exacto.

Así hacen esa rara tortilla que ahora ya no es tan rara. Así, en el Alpino, usted puede conseguir una amplia variedad de presentaciones: desde la tradicional solo con queso y tomate, hasta otras que traen chile picante, camarón, anchoas -incluso la vegetariana para no quedar mal con los que no digieren la carne ni en pintura-.

Y aunque la pizza es la estrella titular en ese escenario, no se crea que solo de pizza puede vivir el hombre que se arrima por ahí. El menú, prioritariamente italiano, ofrece de todo: desde pastas hasta arroces, sopas, omelettes, pescado, carnes y unas cuantas y selectas especialidades del chef. Dentro de estas últimas pueden hallarse corvina al vino, pollo en salsa de almendras, lomito en salsa de alcachofa, y gnocchi de ciruelas o de almendras.

Aún con tanta variedad, le recomiendo que vaya por lo que don Rodrigo trajo desde Bologna, ciudad italiana donde la comida ocupa tal papel de privilegio, que se le apoda la Gorda.

De las pastas, lo que quiera. Vea por ejemplo esta lista: tagliarini, canneloni, capelletti, lasagna, gnocchi y spaghetti. No falta nada..., y, si usted no encuentra lo que busca, es cuestión de que lo diga y se lo preparan: esa es la oferta.

Con todo eso sobre la mesa, no nos queda más que pensar que el Alpino es como el vino: cuanto más viejo, más rico -¡eh, perdón: más hermoso...!-.

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