
En el estudio de Aimee Joaristi siempre hay un grupo dedicado a contemplar su obra. Son una matrioska , una mujer de Oriente, el robot de Perdidos en el espacio , un pequeño bull terrier y un trol. “Yo les llamo mis amigos sin corazón”, declara la artista, sonriendo.
Durante los últimos ocho meses, estos pequeños acompañantes han contemplado una transformación en Joaristi. La arquitecta e interiorista se ha divertido y se ha entregado plenamente a la pintura. No es un descubrimiento en ella, pero hasta ahora la encauza como una nueva carrera .
“El arte es algo que te llega de adentro”, dice Joaristi, y es de allí, de su historia personal, de donde salen estas explosiones de color y fragmentos de obras del canon pictórico –de El Bosco y Da Vinci–.
Son imágenes que tienen años gestándose: “Mis obras están relacionadas con el mundo de los sueños, un mundo que me he creado desde niña”. “Algunas imágenes se reconocen y otras no. No siempre se entiende lo que significan, pero se siente lo que son en un nivel energético”, indica.
Para la reconocida arquitecta de la firma Joaristi & Barascout , la pintura se ha convertido en un juego y una forma de conexión muy íntima con ella misma. “Me hace muy feliz, me lleva a un espacio neutral donde nada existe o existe todo al mismo tiempo. Es estar en el presente absoluto, donde no existe preocupación ni nada, solo el existir”, describe Joaristi.

Escenarios. Aimee pinta con iPad en mano para tener una mirada “ajena” en todo momento. “Utilizo el iPad como si fueran los ojos de otra persona. Fotografío el cuadro que estoy desarrollando, lo miro en el iPad y me doy cuenta de qué le falta, por dónde sigo y qué puedo hacer”, comenta.
A su modo, los juguetes de la infancia también son espectadores. En próximas series se colocarán en los cuadros como los asistentes a un gran escenario: El teatro de la vida . La obra de apertura es un sentido retrato de su padre, recién fallecido, y de su hija, Allegra Pacheco.
Joaristi ve en su obra una dualidad constante entre lo que llama “seriedad”, con tonos grises, y un lado más próximo a la cultura pop. Rojo, gris y negro provienen de la España franquista que conoció de adolescente; la abundancia de signos pop, de su vida en Nueva York en los años 80.
Esa abundancia de imágenes se convierte en la fragmentación de sus collages y pinturas, que utilizan acrílico, spray paint y cuanto el cuadro exija. “No solo somos una cosa. Somos mil cosas en una: nada es constante, solo el cambio. Deseo expresar el fraccionamiento en la persona, en la sociedad, en el tiempo, en el espacio...”. “Nunca he hecho nada más apasionante en mi vida que pintar”, concluye. Es una promesa para el espectador.