La actividad humana en los alrededores del Cerro de la Muerte, especialmente en las zonas más cercanas a la carretera Interamericana, está impactando la biodiversidad en las montañas del macizo.
Esta es una de las conclusiones de una investigación de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Autónoma de Madrid. Los científicos analizaron la vegetación y las especies de plantas presentes en cinco turberas del Cerro. Las turberas son humedales en los que se acumula materia orgánica en descomposición, llamada turba.
Dos de estas turberas están dentro de áreas protegidas en Salsipuedes y el cerro Paramillo, mientras que otras tres no: El Empalme, Quetzales 1 y Quetzales 2.
Las que están fuera de las áreas protegidas están más expuestas a distintos tipos de actividades humanas.
Los resultados revelaron una menor diversidad biológica en las tres turberas ubicadas fuera de los límites de las áreas protegidas. Esto sugiere la influencia del efecto de borde y las actividades agroproductivas cercanas a la carretera Interamericana.
“En los bordes de la carretera, se encontraron especies alóctonas, que no son propias de las turberas. Su presencia está relacionada con un mayor régimen hídrico, producto de la carretera y sus actividades”, señaló Frank González Brenes, investigador de la UNED.
En contraste, las turberas ubicadas en el sector de Salsipuedes y Cerro Paramillo presentaron una mayor riqueza florística.
Además, en las zonas cercanas a la Interamericana, se observó una composición floral distinta, caracterizada por especies con menor demanda hídrica.
Para los investigadores, los resultados enfatizan la necesidad de medidas de manejo adecuadas para garantizar la conservación de estos ecosistemas.
¿Cómo se estudiaron las turberas?
Los datos se recopilaron en dos fases, con metodología distinta. La primera fue mediante muestreos en campo y analizados con un índice de valor florístico (IVF), que pondera la cantidad y variedad de flores en un lugar. Así fue cómo se vio que el índice era mayor en las áreas protegidas.
En la segunda fase, se usó un sistema de información geográfica (SIG). Esto permitió elaborar mapas de alta definición para gestionar datos georreferenciados y analizar la distribución de la vegetación en las turberas.
Los investigadores realizaron también cinco campañas de captura de imágenes aéreas con un dron. Los vuelos se llevaron a cabo a una altitud constante de 130 metros. Esto permitió obtener imágenes de alta resolución.
Las fotografías se procesaron después con la ayuda de un software que facilitó la identificación de patrones de vegetación y cambios en el paisaje de las turberas.