
Rostros crispados; miradas nerviosas que, aunque intentaban disimular, se orientaban en una sola dirección y delataban claramente quiénes eran los protagonistas de tanta atención y tensión. “Mirá, mirá, le dio la mano; mirá, mirá, están conversando. ¿Sabés que son enemigos?”, le dijo uno que estaba sobre la jugada a otro que, con una contorsión de cuello, se avispó. Si acaso a 15 metros, el diputado Víctor Hugo Morales Zapata –exiliado por el Partido Acción Ciudadana (PAC), pero protagonista por su cercanía con el presidente de la República– conversaba con el dirigente cooperativista Freddy González y alguien más, tras la firma de una serie de reformas a la ley de la Banca de Desarrollo en CoopeAtenas.
Fue una charla corta y, desde afuera, parecía muy normal, bastante alejada de los titanes en el ring (versión cooperativista) que bosquejaban todos los murmullos. La extrañeza se justificaba; es vox populi que Morales Zapata y González son viejos adversarios; incluso, el legislador lo acusó, en una entrevista, de orquestar una campaña en su contra. Esta escena deja claro que este político de 56 años, uno de los tres hombres claves alrededor de Luis Guillermo Solís, no solo abandonó el bajo perfil que lo había caracterizado, sino que su figura está rodeada de controversia, lo cual, incluso, ha expuesto y profundizado las fisuras dentro del hoy gobernante PAC.
A este hijo de una costurera y un zapatero nicaragüenses, quienes llegaron a Costa Rica como parte de las migraciones políticas de la década de los años 40, se le considera uno de los artífices de la candidatura del académico en el PAC y una pieza fundamental en su elección como mandatario, un hábil operador político –una figura que sabe articular alianzas y negociar–, un interlocutor de buen verbo y un trabajador incansable.
Sin embargo, sus detractores lo retratan diferente: aseguran que es un cínico, un político maquiavélico, un camaleón y un enemigo de temer. Todos le reconocen su astucia, inteligencia y cabeza fría.
Cara a cara, Morales Zapata no deja que sus gestos ni sus emociones lo traicionen, los mantiene bajo control. Esto lo aprendió a los 14 años, tras una severa crisis de gastritis que lo llevó al hospital; el diagnóstico del médico fue contundente: tenía que aprender a enojarse; el fiebre mejenguero fue un buen paciente y, ahora, ya se considera un experto en el tema.
¿Cómo hace? Recibe el golpe de la vida, lo racionaliza y sigue adelante. Esta también es una lección que le han dado las mujeres (en especial, su mamá y su abuela), pues está convencido de que ellas tienen mayor capacidad para enfrentar la adversidad.
De esta forma, un enjuto Víctor Hugo transita por muchos episodios de su vida con pleno dominio del discurso, no importa si fueron grandes dramas o triunfos; incluso, como si fuera una historia ajena, a veces habla de él en tercera persona.
Claro, lo conmueve hasta las lágrimas el asesinato de su hermano Paul Martínez Zapata, el 9 de agosto en Calle Fallas; según el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), el objetivo era el vigilante privado del bar Toño’s, a quien también mataron . Con todo esto, Morales Zapata no faltó al plenario.
“En un mundo donde el estrés marca la vida de las personas y las reacciones inmediatas, es ganancia ser uno emocionalmente estable y poder tomar distancia de los acontecimientos, hasta los personales”, expresa con orgullo.
Se ufana de ser un gran conocedor de la naturaleza humana después de tantos años observando a gente en diferentes movimientos y organizaciones sociales.
Es un tipo habilidoso en las relaciones interpersonales. Recurre a la empatía para irse ganando al interlocutor y, si lo observa con atención, empezará a notar los detalles: un halago casual, una casi confidencia, un saludo o una respuesta con la que le da un lugar privilegiado al otro, una mano en el hombro para establecer la complicidad.

La familia marcó el norte.
Llegó donde está por medio de su trabajo en el sector cooperativo, en el cual ha ocupado los puestos de mayor relevancia en el país.
En su vida, insiste, las causas le marcan el norte y el trabajo debe ser un placer. Afirma que sus caballos de batalla, desde la época colegial, han sido el bienestar social, luchar por una sociedad más equitativa y un Estado más solidario en el cual al menos favorecido no le falte comida, educación y ropa.
Sin duda, su historia familiar le marcó significativamente el camino. Nació el 25 de noviembre de 1958 en Sagrada Familia, en un hogar de migrantes donde se trabajaba activamente para liberar a Nicaragua de la dictadura somocista y en solidaridad con ese pueblo. Aquella casa era un hervidero político y su padre, Luis Enrique Morales Espinoza, visitaba las comunidades fronterizas para ganarse su confianza y prepararlos contra la dictadura.
En 1960, ocurre una tragedia: la Guardia Nacional de Nicaragua mata a Luis Enrique Morales; no logran recuperar el cuerpo. Víctor Hugo tenía dos años; según evoca, así le contaron a la familia cómo murió su padre: fue amarrado a un árbol, le cortaron las extremidades y lo dejaron desangrarse.
A pesar de que fueron años duros, tuvo una infancia feliz, llena de fútbol y vivencias de barrio. Enfrentaron desahucios porque no tenían lo suficiente para pagar el alquiler y su mamá buscaba una vivienda más barata; así anduvieron por Barrio Cuba, Cristo Rey y Paso Ancho, entre otras comunidades.
Su madre hacía ropa por encargo y vendía delantales hechos con retazos; a finales de la década de los años 60, ella consiguió trabajo en el taller de costura del Hospital México, lo cual le dio estabilidad económica a la familia. Compraron una casa del INVU en Calle Fallas de Desamparados.
Mientras la costurera laboraba, a sus hermanos y a él los cuidaba la abuelita, una mujer estricta y amorosa que leía a Federico García Lorca, Pablo Neruda y Antonio Machado, y escuchaba a Mercedes Sosa. Siempre y cuando sacara buenas calificaciones, Morales Zapata tenía gran libertad y se las ingeniaba para recoger ingresos: comerciaba calcomanías de bombas de inyección de autos –se las regalaban en los talleres– y cajetillas de cigarros finos. Ahorraba un cinco por día para tener lo suficiente para comprarse un buen trozo de lomito.
Gracias a círculos de realidad nacional en el colegio, se despertó la semilla sembrada por su parentela; leyó a Marx y Lenín, y encontró respuestas a preguntas que lo inquietaban. Era inevitable, terminó en política; con el partido Amor llegó al gobierno estudiantil y, de allí, a presidente de la Federación de Estudiantes de Segunda Enseñanza; conoció las luchas de los colegios urbanos y rurales de todo el país y comenzó en un intenso activismo social.
Causas, no partidos.
Entró a la Universidad de Costa Rica y llevó cursos de administración, mercadeo y finanzas, pero su atención está en otra parte. Este estudiante carné 78 decidió solidarizarse con una convulsa Nicaragua.
“Se da el asalto al Palacio Nacional por parte de Edén Pastora. Me revive toda mi infancia, mis raíces, mi sangre; entonces, yo dije que iba a ayudar. Me vinculé al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y me fui a la frontera con Nicaragua, exactamente donde papá murió. Coordiné con el FSLN, sin ser yo del Frente porque nunca lo integré; era un momento en el que muchos hacíamos eso; era normal que la gente de acá se solidarizara con la lucha contra la dictadura. En 1978, me sumé a organizar grupos de alfabetización política: explicarles a los campesinos qué estaba aconteciendo, lo que probablemente iba a venir, la caída de la dictadura; prepararlos para lo que iba a suceder… Era hacer lo mismo que hizo papá; la vida me llevó adonde papá terminó”, rememora.
Regresó un año después al país y a la U, pero apenas lo provocaron se fue a apoyar una huelga en Central Azucarera del Tempisque y, en ese contexto, se da su primera militancia política con el Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP, partido de izquierda). Luego, es enviado a Cuba por un año para prepararse en las escuelas de solidaridad con América Latina. “En Cuba, en lugar de fortalecer mi vínculo partidario, fortalezco mi compromiso, mi conciencia de que debo comprometerme aún más con la causa, no con el partido. Estando allá me percato de todas las luchas de poder que hay en la construcción de Pueblo Unido, los líos… Me doy cuenta de que el MRP se está rompiendo en dos”.
Al conversar un poco más con él, no resulta extraño su desapego y extraña relación con el PAC. Los partidos los utiliza como instrumentos para poder lograr sus objetivos.
“No soy una persona de partidos; los partidos son medios. El fin que persigue un partido es servir de instrumento político para actuar ante una realidad social, política y económica… Los partidos son integrados por personas y las personas se transforman, cambian, tienen intereses; yo tomé la decisión de ser leal a las causas, no a los instrumentos; por lo consiguiente, no me vas a encontrar etiquetándome de izquierda, centro o derecha”, afirma. Además, agregó: “Los partidos políticos tienen una alta probabilidad de convertirse en sectas dogmáticas. Yo no reniego de ellos, sí participo de ellos, pero también tengo los pies puestos en el suelo”.
Muy consecuente con su último año, esta es una posición controversial; es más, sus adversarios lo califican llanamente como “oportunista” o “camaleón”. “Soy adaptable... Me asumo como el animal este y yo no conozco un camaleón que cambie de figura para algo malo, lo hace en condiciones de defensa o de necesidad”.
Se define, lo definen.
No se inmuta cuando le dicen cínico, probablemente está acostumbrado a enfrentamientos peores; de hecho, entiende que existe una delgada línea entre sus acciones y el cinismo.
Por otra parte, le da horror caer seducido por los delirios del poder. A eso se debe que sea estricto en dos aspectos: en momentos de euforia o de tristeza, solo acepta una compañía: él mismo. Él opta por apartarse para disfrutar o sufrir en paz, para evitar los malos consejos que dan esos picos de emoción y para poder pensar con claridad. “Necesito espacios míos solamente, ojalá en lugares donde no conozca a nadie y me aleje de todo”. Asimismo, no se toma ni un solo trago si está pasando por un mal momento; si lo ve con un whisky o un vino en la mano es porque todo marcha bien.
¿Es un hombre frío? Para nada, asevera; se considera amoroso y pasa en constante comunicación con su mamá y sus cuatro hijos; eso sí, no los expone a la opinión pública nunca. ¿Es honesto? Contesta que sí, en especial porque “la verdad en política es un gran activo”. ¿Miente? Lo hizo muy joven, como una forma de sobrevivir, detalla, pero tuvo que enfrentar sus consecuencias inesperadas.

¿Trabajólico? Aunque tiene reuniones desde las 6 a. m. y no se despega ni un momento del teléfono, considera que no, porque trabaja en lo que le gusta. ¿Tiene tiempo libre? Sí, lo usa para visitar amigos, salir a caminar, sentarse a oír –no ver– la televisión, tertuliar, cocinar gastronomía mediterránea y tomarse un buen vino. ¿Es cierto que vende queso? La familia tiene siete vacas en la zona de Los Santos y vende queso artesanal. Cuando termine esta administración, se ve volviendo al servicio de organizaciones en Centroamérica y el Caribe.
Se considera una persona de procesos y tiene una paciencia tan grande, según promociona, que puede empezar un trabajo hoy para que dé resultados en 20 años.
Nuestro presidente es resultado de un proceso del cual él estaba convencido. La muestra es esta anécdota: “Estoy trabajando el domingo en la convención (del PAC) en Pérez Zeledón y Los Santos y le pido reportes a Melvin (Jiménez) de cómo estamos.
–No, Víctor; la verdad es que nosotros no estamos monitoreando fuera de urna; tengo que esperar reportes.
–(Una hora después) Los primeros cortes dicen que Juan Carlos (Mendoza) está por encima de nosotros por 200 y algo de votos.
–Melvin, decime una cosa, ¿cuántas mesas faltan, dónde están ubicadas?
–Faltan algunas mesas en Upala, Cañas y Pérez Zeledón.
–Melvin, ganamos; Melvin, ganamos.
–¿Estás seguro?
–Decile a Luis que ganamos.
Estaba seguro porque faltaban las mesas que yo había trabajado; no eran mesas de la estructura PAC”.
¿Por qué fue noticia?
Diputado separado: Entre diciembre y enero, Luis Guillermo Solís y la asamblea del Partido Acción Ciudadana (PAC) –en especial Ottón Solís– le pidieron a Morales su renuncia a la candidatura a diputado a la que optaba, ya que ocultó haber enfrentado una demanda penal –que se resolvió en conciliación– de 1994 por los supuestos delitos de peculado y falsificación de documento en torno a un préstamo del Comité de Crédito del Fondo Nacional de Autogestión; sin embargo, Morales Zapata se defendió y se negó a dimitir. El Tribunal de Ética del PAC lo suspendió por un año; a mediados de junio, el Tribunal de Alzada de la agrupación dejó sin efecto esa disposición; a inicios de agosto, el Tribunal de Ética del Partido aceptó una apelación y lo volvió a castigar; el 18 de ese mismo mes, el legislador oficialista presentó un recurso de amparo ante la Sala Constitucional para definir su situación en la bancada y, a finales de octubre, el Comité Ejecutivo del PAC decidió relegar el tema hasta que se pronuncie la Sala IV. Desde que asumió su curul, el diputado trabaja separado de la bancada oficialista, pues le impidieron unirse a las reuniones con el resto de legisladores del PAC, incluso se retiraron cuando asistió. La situación acentuó las divisiones en el seno del partido que gobierna por primera vez.
Pelea por el presupuesto: Desde setiembre, Ottón Solís y Morales Zapata se enfrentaron por la aprobación del presupuesto; el primero defendió férreamente la austeridad e impulsó recortes por ¢307.000 millones; el segundo luchó por mantener la propuesta presentada y permitirle al Gobierno “recuperar el Estado social de derecho”, a pesar de la presión fiscal.