Un arancel es un impuesto que deben pagar consumidores y empresarios por bienes, mercancías y servicios que compran del exterior y que los residentes del país que impone el arancel son los que pagan el impuesto y no los del país que los enfrenta. El arancel representará un traslado de ingresos de los residentes del país que establece los aranceles hacia su propio gobierno y hacia los productores protegidos. No es cierto en la actual estrategia arancelaria de Estados Unidos decir que Canadá y México pagarán el arancel. Tampoco es cierto que los aranceles permitirán balancear las ganancias del comercio como si Estados Unidos solo enfrentara pérdidas por importar bienes y servicios. Que las importaciones sean iguales a las exportaciones como política comercial es renunciar a las ganancias del comercio internacional.
¿Cuáles serían las razones para que un gobierno desee impedir la importación de bienes y servicios mediante el uso de impuestos a las importaciones? Primero, la protección a la industria local, es decir, impedir la competencia de productos extranjeros que, si son importados bajo reglas de libre comercio, es porque son más baratos en el exterior que lo que cuesta producirlos localmente. La tarifa beneficiaría a los productores locales ineficientes (producen con costos más elevados) por los aumentos de los precios de sus mercancías y un mercado cautivo y disminuiría el bienestar de los consumidores por tener que pagar precios más elevados y probablemente con una calidad menor. Segundo, para favorecer políticamente a los partidarios de las autoridades de turno en el gobierno. Tercero, como amenaza para lograr otras ganancias que no están relacionadas con el comercio internacional. Cuarto, por el trasnochado concepto de soberanía, sea alimentaria o de cualquier otro tipo.
El arancel, como impuesto que es, extrae recursos de los consumidores y productores que importan insumos para la producción para redireccionarlos hacia los productores protegidos y hacia el gobierno. Resulta que el monto monetario del traslado de recursos por parte de consumidores y los productores importadores no es igual al monto que reciben los productores protegidos y el gobierno.
Como se dice en economía, no es un juego de suma cero; es decir, lo que se le quita a una parte no es igual a lo que recibe la otra parte. Es un monto mayor, porque en el traslado se generan costos que disminuyen los beneficios que estarían recibiendo el gobierno y los protegidos. Estos son costos que no necesariamente se representan con dinero, sino más bien con la reducción del bienestar de los consumidores al tener que pagar precios más altos, la posibilidad de que las empresas importadoras cierren y generen desempleo, el aumento de los costos de producción de las empresas, la disrupción de las cadenas de abastecimiento tan enraizadas hoy en el comercio internacional, la pérdida de competitividad de la producción local, la disminución de la calidad de los productos disponibles internamente, la ausencia de transferencia tecnológica y de innovación en el proceso de producción y la generación de actividades al margen de la ley como el contrabando.
Este último lleva a aumentar los costos asociados con la persecución de los contrabandistas, el uso de la policía para perseguirlos en vez de que estén dedicados a perseguir delincuentes que dañan a las personas y, como sucede con algunas mercancías, el auge de actividades económicas peligrosas para la sociedad.
La eficacia del arancel para disminuir la importación no depende únicamente de la tasa del impuesto, sino también de la reacción del consumidor ante ese aumento de precios. Si el arancel recae sobre un artículo de necesidad básica o primaria, los consumidores no podrán dejar de comprarlo y se verán en la obligación de pagar el aumento del precio.
Cuando el consumo de un bien o de un insumo no se puede sustituir, el arancel es feroz en extraer ingresos de las personas y de los empresarios que no están protegidos. En esta situación, el arancel es contraproducente para el bienestar social. Por otro lado, si el arancel recae sobre productos que no son necesarios, los consumidores y productores no protegidos no comprarán esos productos, los sustituirán por otros y el arancel pierde eficacia, aunque sigue generando costos. Por dondequiera que se vea, el arancel no es una medida eficiente ni práctica para detener las importaciones ni para aumentar la recaudación de impuestos.
Peor para todos
Ante la realidad que el mundo enfrenta con la política de aranceles de Trump, una guerra de aranceles, como la anunciada por Canadá y México, llevaría a una situación peor para todos. Desde un punto de vista puramente económico, dejando de lado el uso del arancel con fines diplomáticos o políticos, establecerlo llevaría a proteger a productores locales, entonces, ¿cómo debería de responder el país al que se le impone el arancel? ¿“Nivelando la cancha” mediante el uso de aranceles recíprocos (retaliation)? No es la estrategia óptima porque estaría afectando a los residentes del país. Si el arancel es impuesto porque el costo de producción local es más alto, una medida óptima sería que el país que enfrenta el arancel haga más eficiente su producción con medidas que ayuden a bajar el costo de producción. Por ejemplo, China no ha respondido a Estados Unidos como lo han hecho México y Canadá; ha sido más pragmática. La razón para ello es que la producción china es tan eficiente por sus costos de producción bajos, que el arancel que le impondría Estados Unidos tendría que ser demasiado elevado para evitar las importaciones chinas. En el actual contexto de las cadenas de abastecimiento de la economía estadounidense, un arancel elevado para contener las compras chinas tendría un impacto demoledor en la producción de Estados Unidos.
Costa Rica, como país pequeño en términos de su tamaño económico, mal haría si responde a los aranceles de Estados Unidos con aranceles a los productos que vienen de ese país. La mejor estrategia es reducir los costos de producción de la economía costarricense y, para empezar, ir transformándola en una zona franca plena, con pocos impuestos y de tasas bajas. Esta posibilidad vulneraría el arancel estadounidense, aumentaría las exportaciones hacia otros países y haría a la economía menos dependiente de Estados Unidos, como ya ha sucedido en los últimos 40 años.
Costa Rica ha avanzado bastante en la diversificación de su producción exportable y de mercados de exportación. Falta todavía más en línea con su productividad, su competitividad (el tipo de cambio no ayuda desde hace meses) y con aranceles que todavía protegen a ciertos sectores del país. Abrirse completamente al comercio exterior sin restricciones requiere tiempo y cierta graduación en la disminución de las barreras a la importación para que los productores locales que todavía permanecen protegidos se ajusten a las nuevas reglas y produzcan con eficiencia. Es la mejor estrategia para lacerar los aranceles de Trump.
Juan E. Muñoz Giró es economista y estadístico.
