Sin duda, algunos acontecimientos mundiales recientes nos afectan profundamente: vemos intensificarse el cambio climático con amenazas incuestionables y quizá irreversibles para nuestros sistemas de alimentación, de vivienda y de producción, es decir, de nuestros sistemas de supervivencia.
Hace poco, sufrimos una pandemia que segó miles de vidas en el planeta y causó pérdidas económicas incontables.
Rusia invadió a Ucrania causando conmoción en los mercados y en las políticas internacionales. Y en nuestro país, vemos casos impensables en cuanto a la destrucción de humedales y de zonas protegidas, y un declive casi irrecuperable en educación y trabajo.
Todo lo anterior y mucho más, a vista y paciencia de nosotros los que sí creemos en el cambio climático, los que somos hijos de la democracia, los que creemos que la educación es impulsora de la creatividad y la crítica, los que defendemos la libre y pacífica expresión, y los que creemos en la paz.
Pero ¿qué estamos haciendo frente a las amenazas que, como país, vivimos en este peligroso contexto? ¿Esperar a que se aclaren los nublados del día?
El cambio climático es incuestionable, aunque los que manejan los destinos de la humanidad pretendan negarlo o lo desdeñen porque se oponen a sus intereses personales. Las vacunas sirven y nos consta, porque nuestras políticas al respecto nos han protegido. Para muestra, no solo los programas de tamizaje de recién nacidos y de vacunación universal en las escuelas, sino el estupendo desempeño del Ministerio de Salud en el tratamiento de la pandemia de covid-19.
Pero, ¿realmente nos importa a nosotros, los que vivimos en Costa Rica, nuestra supervivencia en un contexto de paz y salud?
Tenemos intereses legítimos y valores tradicionales que no podemos deponer por presiones económicas ni políticas. Somos un país de paz, de salud, de felicidad, de tranquilidad, de educación, amante de la naturaleza, libre y orgulloso.
¿Será entonces posible buscar autónomamente nuestro camino o tendremos que seguir el rumbo que nos imponen las potencias internacionales, esas que podrían aplicar tarifas a nuestros productos como café, banano y piña, o exigir que las empresas ubicadas en zonas francas trasladen sus operaciones a Estados Unidos si no seguimos la dirección que establecen?
Sí; el problema no es menor. Y se intensifica con las políticas que dicta el actual presidente de nuestra democrática república, que, sin dudarlo, se somete a los dictados internacionales e ignora nuestra preocupación por los humedales, por la contaminación del aire, por la necesidad de preservar nuestra agua, por la calidad de nuestra educación otrora entre las mejores del mundo; ignora nuestro tradicional y excelente sistema de salud y somete nuestra libertad de expresión a presiones inusitadas.
No podemos esperar a que se aclaren los nublados del día para tomar decisiones vitales. Debemos tomarlas ya, según nuestros principios. ¿Que somos una “banana republic” dependiente? No es suficiente argumento para abandonar nuestros valores y vendernos al mejor postor.
Los negocios son indispensables para que tengamos trabajo (la educación también es indispensable para que este sea de calidad y la hemos descuidado totalmente). Contamos con 60 microclimas que nos potencian para producir, en agricultura, todo lo que necesitamos añadir a nuestras exportaciones. Podemos reforzar nuestras ventajas competitivas y aportarlas a la producción. No creo que queramos cambiar nuestro legítimo derecho al trabajo, a la libertad de expresión y a la producción, por la claudicación de nuestros valores tradicionales.
Se acercan las elecciones nacionales y es necesario que pongamos atención a los candidatos que nos ofrecen su trabajo. ¿Que no nos gusta meternos en política porque parece una mejenga de futbol? No es suficiente argumento. Es necesario que participemos activamente; que escrutemos a cada candidato según sus planes y conocimientos; que examinemos detenidamente no solo sus ideas sino su currículo; que lo discutamos con nuestras familias y amistades. Eso es hacer política.
¿Qué nos pasa? ¿Estamos cansados o quizá asustados? Hoy no es el día de sentarse de espaldas a la vida, escribió Jorge Debravo.
joycezurcher@gmail.com
Joyce Zurcher es filósofa.
