A propósito del estreno en Costa Rica de la película mexicana La ley de Herodes , del cineasta Luis Estrada, resulta menester hacer referencia acerca de algunos detalles de particular interés.
La trama se desarrolla a finales de la década del 40, durante el sexenio del presidente Miguel Alemán Valdés (1946-1952). El ambiente nos remite a una miserable comunidad rural (San Pedro de los Saguares) en el interior de la República, de un centenar de habitantes, en su mayoría indígenas, que desconocen la lengua española de los dirigentes políticos locales.
Adornan el viejo caserío, además del ruinoso Palacio Municipal, una sucia cantina, una pequeña ermita y un burdel donde se explota sexualmente a tres jovencitas.
Más allá de las paupérrimas condiciones de vida de San Pedro, no existe contacto alguno con los pueblos vecinos si es que los hubiere, salvo un medio escrito capitalino.
Metamorfosis política. El detalle político salta a la vista. El partido oficial acaba de completar su metamorfosis política de ente rector de las contiendas entre cabecillas revolucionarios (PNR) a una estructura partidista de masas (PRM), hasta convertirse en una auténtica maquinaria electoral (PRI).
El arribo de Alemán a la presidencia coincide con el desplazamiento de la elite política de la vieja guardia, en su mayoría militares excombatientes del movimiento armado de 1910 y miembros de la primera generación de la "familia revolucionaria".
Paralelamente a la evolución del partido de Estado, la dirigencia se renueva y el control de las estructuras de mando del oficialismo pasa a los "universitarios". Esta segunda generación abrió las puertas a la política mexicana al grupo de los licenciaditos, tinterillos y pseudointelectuales, que tomarían las riendas del poder las siguientes 4 décadas, hasta el asentamiento de una clase tecnócrata a principios de la década del 80.
El cambio de mando sepultó la herencia ideológica de la revolución e institucionalizó el uso de la retórica de los jilgueros, aspirantes a políticos. México le daba la espalda al pasado rural e indígena, pese que a mediados de los años cuarentas cerca del 65 por ciento de la población vivía en el campo. El ideal revolucionario no se paseaba más a caballo, sino en un flamante Packard.
Iluso idealista. En ese orden de cosas, Varguitas corresponde al dirigente comunal del Partido, idealista (cuando no iluso) en sus principios y acérrimo defensor de las instituciones, cuyas ambiciones políticas son canalizadas a través de la consigna que reza: "La política no consiste en ganar votaciones, sino ascensos internos".
Esto último bajo la total discrecionalidad del propio Presidente.
La constitución del partido oficial disipó las balaceras producto de la disputa entre los revolucionarios por la sucesión presidencial. El "destapado" era de inmediato rodeado de una caravana que lo acompañaba hasta "la grande", siendo su misión principal la de evitar sorpresas. En medio de aquel ritual de investidura como candidato oficialista, discurrían las pugnas internas de quienes, como el licenciado López, no habían ganado el favor de su superior para continuar la ruta ascendente hacia la cumbre del poder.
Este molde verticalista del poder fomentaba el desarrollo de los cacicazgos locales, cuyos dirigentes aprovechaban para controlar a su antojo obra, vida y milagros de sus subordinados, bajo la lluvia incesante de protestas de la oposición panista, representada por el Dr. Morales y la mirada incrédula del secretario Peck, cuya impotencia frente a los abusos de su superior habla por sí misma.
"Exilio" diplomático. En el seno del oficialismo, una forma evolucionada de purga exilaba voluntariamente a los elementos poco subordinados, encargándoles la conducción de las representaciones diplomáticas.
Un partido que premia y castiga a sus miembros, una dirigencia que juega a ganar en los procesos electorales, al amparo de una democracia estrictamente formal. ¿Qué culpa se les puede endilgar si los votantes los favorecen abrumadoramente en las urnas? La reserva moral de la revolución, encarnada en Tata Cárdenas había sido sepultada, aun en vida del general michoacano, y con ella la justicia social y la modernidad.
La ley de Herodes recopila, con una dosis de humor sarcástico, un retrato de los tentáculos del poder, en una época en que unos pocos intelectuales nacionales como Daniel Cosío Villegas ( La crisis de México , 1947) y extranjeros como Frank Tannembaum (" México: The Struggle for Peace and Bread , 1950), denunciaban el agotamiento de las metas de la revolución al tiempo que señalaban cómo el sistema político mexicano se adentraba por la ruta del autoritarismo, que irónicamente había combatido de parte del régimen porfirista, para acabar en una falsa revolución: la revolución institucional.
(*) Relacionista internacional