Al buscar el origen de la gran corrupción pública latinoamericana, uno de los caminos lleva hasta Nicolás de Ovando, tercer gobernador de La Española, donde hoy están la República Dominicana y Haití. Si bien sus actos de corrupción no fueron los únicos ni los primeros, sí causaron enormes consecuencias negativas para los naturales y para los nuevos pobladores de la isla y de las otras colonias españolas en América, así como también para muchos seres humanos de África. La secuela de Ovando todavía resuena.
El Gobernador llegó a la isla en 1502, con órdenes claras de la reina Isabel la Católica en punto a que todos los indios del lugar vivieran libres, sin ser molestados, en igualdad y con la misma justicia que los súbditos de Castilla. Pero Ovando encontró que desde hacía años –contra las órdenes reales– unos cien castellanos eran propietarios de tierras y esclavos indígenas; se trataba de quienes, bajo el liderazgo de Francisco Roldán Ximénez, se habían alzado contra el gobierno local motivados por la miseria que vivían. La rebelión terminó con la entrega, a los roldanistas, de tierras e indígenas para trabajarlas.
Corrupción. Contra lo esperable, en vez de poner coto a la ilegal explotación de seres humanos, el nuevo gobernador fomentó la esclavitud de los indios a través de la encomienda y del repartimiento, y al mismo tiempo ejerció presión para legalizar la actividad. No obstante, la Reina Católica reiteró sus órdenes mediante la provisión emitida en Medina del Campo, el 20 de diciembre de 1503, al disponer que los indígenas fueran libres –no siervos– y en tal condición debía pagárseles por su trabajo.
Pero Ovando, antes y después de la provisión, contravino la voluntad de la soberana potenciando la explotación de los indígenas. La desobediencia fue corrupción económica con afectación directa de seres humanos. Con el tiempo, después de la muerte de Isabel la Católica, el repartimiento y la encomienda se institucionalizaron y extendieron al resto de las colonias españolas en el Nuevo Mundo, se redujo sensiblemente la población indígena y, para solventar el déficit, se importaron esclavos de África.
En el caso de La Española, los encomenderos se transformaron en esclavistas y con esa fuerza de trabajo conformaron la oligarquía azucarera. Los hechos posteriores, con sus singularidades locales, son los mismos en casi la totalidad de los países de América Latina, en los que se generó –y todavía vivimos– una desigual distribución de la riqueza, y con ella una fuerte división de clases con amplios sectores viviendo en exclusión.
Los actos de Nicolás de Ovando determinaron la reducción y postración de los indígenas hasta la actualidad; el forzoso desarraigo, mercado y esclavitud de mujeres y hombres del continente negro; el ejercicio del poder civil por los militares criollos en daño de los ciudadanos que juraron proteger; y una Latinoamérica sumida en la lucha de clases y sufriendo muchas veces de guerrillas.
Sin conocer las intrigas palaciegas, los entretelones políticos, las negociaciones a la sombra, las presiones de grupos económicos o la cuantía de los beneficios recibidos, es lo cierto que hay varios actos de corrupción en esta historia: la entrega de esclavos indígenas a los roldanistas contra las órdenes de Isabel la Católica, la impunidad de este hecho con la complicidad del gobernador Nicolás de Ovando y la impunidad de este último al fomentar la encomienda y el repartimiento. No se detuvo ni se castigó la corrupción en 1502 y todavía –en el 2008– estamos pagando por ello.
Lecciones. Las lecciones son muy claras:
kPrimero: la magnitud y extensión de los daños causados por la corrupción en la función pública son incalculables, pues conocemos el momento y el lugar donde comienzan, pero nunca el tiempo y el sitio en que terminarán; tampoco sabemos cuántas lesiones o muertes de seres humanos sobrevendrán como efecto directo o indirecto.
kSegundo: la impunidad potencia los efectos de los actos corruptos.
kTercero: para minimizar el daño, la corrupción debe detenerse, y los corruptos deben castigarse a tiempo.