Una cuadra y media al sur de donde nació San José se comprueba sin esfuerzo que el verano hizo ya nido en los robles. En este sitio, el corazón de la capital, un barrendero con todo el tiempo del mundo se entretiene en estar siempre listo para recoger lo que irá cayendo mientras el reloj de la catedral da la hora sin pedírsela.
Avanza por la ciudad la época seca. Se sabe por el dulzor de las sandías, las mangas coloradas en tramos callejeros, la blancura comestible del itabo, la sobredosis rosa de algunas arboledas.
Nueve palabras pintan el paisaje que vemos hoy por muchos sitios de este rincón del fallecido imperio que fue la Villa Nueva de la Boca del Monte: “Hay miles de acuarelas en las brisas de marzo”. Esta verdad proviene de Julieta Dobles, poeta, profesora, Premio Magón del 2013.
Los robles de sabana son pinceladas extendidas por barrios, plazas, aceras. Y ocurre esto: tanto color a la vez en tanto árbol nos empuja a la tentación de querer rebautizar San José, aunque de forma extraoficial, juguetona y pasajera, y llamarla Villa Nueva de la Boca del Roble.

Antes del verano, los robles de sabana llevan una vida discreta entre los verdes tropicales. Deben estar marzo y abril en su punto de hervor para ver que salen del sueño y van mostrando, de a poquito, cambios sutiles: más hojarasca en el suelo, una flor adelantada en cualquier rama alta o una ya aplastada sobre un adoquín.
Luego, desde algún lugar llega una señal y los robles obedecen dócilmente. Se desnudan sin apuro y al cabo de unos días visten la desnudez con botones de colores aún indescifrables. Con las semanas se sabrá que vienen en tres tonos, desde el rosa muy pálido hasta el muy encendido.
Aníbal Reni, alajuelense, escritor, también poeta, vio en esos árboles piedras semipreciosas y nos lo dejó dicho en su Pampa: “Luce el bello amatista del roble y el malinche de rojo coral”.
Cada año, los robles muestran un contraste singular entre la rugosidad del tronco y la sedosidad de unas flores que avivan cuanto rincón pueden para darles más luz a los días luminosos.
A estas horas, por ejemplo, hay dos alfombrando el tramo de la avenida central donde obreros municipales amplían el bulevar hacia el este, en una cuadra en la cual el presente se encuentra con ese pasado testarudo que son los rieles del tranvía.
Hay robles de sabana, esplendorosos, frente al Ministerio de Salud, en el parque de la Merced, en la plaza de la Democracia, en barrio Amón, muchos en la carretera principal hacia San Pedro, en el bulevar de Rohrmoser, en el Mercado de Mayoreo. Es cierto: “Hay miles de acuarelas en las brisas de marzo”.
Bueno, debo decir aquí que en ese “miles” falta uno. Descubrí hace poco, con tristeza, que una sierra borró el que crecía muy cerca del torreón sureste del viejo cuartel Bellavista. Quise volver a fotografiarlo, como llevaba haciéndolo varios años, y encontré solo el hueco que dejó en el aire.
En los que siguen vivos veremos, en cosa de semanas, cómo a la floración la suceden vainas que lanzarán al viento semillas buscadoras. Irán tras poquitos de tierra o, a más no haber, el estanque diminuto que forma el agua en el corazón de las bromelias. Esto lo he presenciado, no lo invento. Fue una sorpresa hallar uno tan cómodo en un ámbito más propio de jacintos y garrobos.
Correrá el tiempo, según su extraña costumbre, y las lluvias traerán más cambios a la existencia tranquila de los robles. Si vamos atentos por nuestros caminos, toparemos con decenas de palitos en ascenso, aprovechando incluso el espacio donde estaba la tapa de un medidor de agua vendida ya quizás en una chatarrera. Serán tiernos bosques en miniatura, la promesa de que, en años venideros, mientras la Villa Nueva de la Boca del Roble se ensancha y se eleva, podría haber aún parcelas malva para pasear la mirada.
Es en esta época cuando más firme es el deseo de ser eterno, de, digamos, hallar el secreto de la inmortalidad bajo las piedras pulidas que sobreviven en ciertas aceras josefinas (el Parque Nacional es un ejemplo) y quedarse para gozar muchos veranos, para entretenerse, aquí y allá, con la belleza que traerán las brisas de otros marzos, siempre tan acuareladas y tan vivas.
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Ovidio Muñoz es periodista.
