El 11 de diciembre de 1941 Costa Rica rompió su larga tradición de imparcialidad sobre conflictos internacionales. En pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, este pequeño país centroamericano declaró la guerra a Japón y al resto de países del Eje, apenas dos días después de que una aeronave japonesa atacó la base de Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái.
“Una potencia asiática le hace la guerra a una potencia americana, con la cual nos ligan no solo lazos de solidaridad, sino los de afecto y sincera devoción que unen al pueblo de Costa Rica con la gran nación americana”, cita el acuerdo aprobado por la Asamblea Legislativa. Algunos párrafos después, los congresistas autorizaron al presidente Rafael Ángel Calderón Guardia para declarar la guerra a Japón y a cualquier otra potencia no americana que cometiera actos de agresión a la repúblicas americanas.
Costa Rica autorizó el ingreso y permanencia de fuerzas militares terrestres, marítimas y aéreas de las naciones amigas. Sin embargo, siete meses después, el 2 de julio de 1942, esta decisión tuvo como consecuencia la muerte de 23 costarricenses en el muelle de Puerto Limón, luego de que el barco mercante norteamericano San Pablo fue torpedeado por el submarino nazi U-161.

Este ataque puntual desató una ola de acontecimientos que incluyó el desabastecimiento de harina, la creación de campos de detención en pleno San José, y una “cacería de brujas” contra cualquier alemán, italiano, japones o español en suelo costarricense.
El próximo 2 de setiembre se cumplirán 80 años de la rendición de Japón, que marcó oficialmente el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, Revista Dominical busca respuestas para la pregunta, ¿cómo se comportó Costa Rica y sus políticos durante el conflicto armado que dejó al menos 40 millones de muertos?

El presidente antisemita
Durante el periodo que duró la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, Costa Rica tuvo tres presidentes. La mayor parte del periodo de conflicto lo asumió Calderón Guardia, que gobernó entre 1940 y 1944. Sin embargo, contrario a Calderón, su antecesor fue mucho más complaciente con el régimen nazi.
Se trata de León Cortés Castro, cuya estatua levanta el brazo derecho al final del Paseo Colón, en el parque La Sabana, San José. El expresidente ha sido acusado en múltiples ocasiones de tener afinidad con el régimen nazi, a tal punto que llegó a recibir una carta firmada de puño y letra por el mismísimo Adolfo Hitler.
Asimismo, a Cortés se le atribuye que, durante su administración, nombró como encargado de inmigración al alemán Max Effinger, supuesto líder del capítulo costarricense del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nazi) y a quien se le acusa de endurecer la políticas migratorias para restringir el ingreso a Costa Rica de los judíos que huían del régimen alemán.
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Según explicó a Revista Dominical la exdirectora y fundadora del Museo de la Comunidad Judía, Vilma Faingezicht, la afinidad de León Cortés por la causa nazi no es una teoría, sino una realidad comprobada.
“Es absoluto y demostrable, no una suposición. En San José llegaron a organizarse marchas de simpatía hacia el nazismo. León Cortés tenía un sentimiento pronazi; él había estado en Alemania”, manifestó Faingezicht, quien además confirmó el papel de Effinger en la promoción de políticas antisemitas en Costa Rica.
Vilma Faingezicht es hija de Simón Faingezicht y Esther Weisleder, dos judíos nacidos en Polonia que se escondieron en 15 refugios diferentes durante 2 años. Ambos llegaron a Costa Rica en 1946, huyendo del régimen que exterminó a toda su familia. Aunque ella nació en nuestro país, sus padres le transmitieron la memoria histórica de los días en que abandonaron Europa y arribaron a América.

“Hubo algunas manifestaciones antisemitas (en Costa Rica), se buscó organizar los nombres de los judíos, se conformó un índice alfabético de ciudadanos polacos en Costa Rica para expulsarlos. Los diputados rechazaron la propuesta de crear una colonia agrícola judía en Guanacaste. León Cortés hizo cosas declaradas pronazi, incluso usó esvásticas. Era afín a la asociación pronazi”, destacó la autora de múltiples libros de temática judía.
El historiador Jorge Barrientos explicó al Semanario Universidad que Cortés fue un “defensor de los sectores más privilegiados en Costa Rica, trabajó siempre al servicio de los grupos de poder”.
De hecho, el antiguo periódico Trabajo, del Partido Comunista costarricense, acuñó la frase “Cortés con los grandes, León con los pequeños” para definir al expresidente.

Según Barrientos, Cortés tenía una admiración por el nazismo, el fascismo y el militarismo europeo, así como un “anticomunismo férreo”, un fuerte antisemitismo y una “afición por la mano dura para controlar a la ciudadanía”. El historiador está a favor de un movimiento que busca que la estatua del expresidente sea retirada de La Sabana y colocada en un museo como figura histórica que sirva para crear un debate histórico crítico.
En su entrevista con Revista Dominical, Vilma Faingezicht repasó la memoria histórica de los seis presidentes que dirigieron a Costa Rica durante el periodo de guerra. Según la escritora, el exmandatario Ricardo Jiménez Oreamuno es recordado como un hombre tolerante, progresista, adelantado a su tiempo, que recibió a la comunidad judía en el país desde 1929.
Jiménez fue sustituido por León Cortés y este, a su vez, por Rafael Ángel Calderón, en 1940. Según Faingezicht, el doctor Calderón también es recordado como una persona moderada que, aunque no era projudío, tampoco impulsó medidas antisemitas. El expresidente mantuvo una línea socialdemócrata, que incluyó la creación del seguro social, el Código de Trabajo, las garantías sociales y la primera universidad pública del país. “Méritos que no le va a quitar nadie”, apuntó la escritora.
Asimismo, Faingenzicht destacó la administración de Teodoro Picado Michalski (1944-1948), cuya madre era de origen polaco pero no judío. Según la escritora, Picado fue “muy projudío” e impulsó la apertura de las fronteras que anteriormente había cerrado León Cortés. Esto permitió que los sobrevivientes del Holocausto llegaran a Costa Rica.
Finalmente, la exdirectora del Museo Judío criticó al expresidente Otilio Ulate Blanco (1949-1953), quien aprovechó su influencia en el periódico Diario de Costa Rica, del cual era copropietario, para publicar ataques contra los judíos polacos residentes en el país, a quienes acusó de comunistas y satánicos.

Campos de detención en pleno San José
La afinidades de cada presidente de Costa Rica durante la Segunda Guerra Mundial se manifestaron no solo en el cierre de fronteras, sino también en la creación de campos de detención en pleno centro de San José.
Esto comenzó en 1941, cuando la relación entre Costa Rica y la Alemania nazi se empezó a fracturar. El país aún era neutral, el puerto de Puntarenas sirvió para refugio de dos barcos de las potencias del Eje: el Fella, de Italia, y el Eisenach, de Alemania.
Sin embargo, el Tercer Reich excedió sus atribuciones y ordenó al gobierno de Rafael Ángel Calderón retirar sus representaciones consulares en los países ocupados, Austria y Polonia. El mandatario se negó y rompió relaciones con Berlín.
Para ese momento ya existían frentes antinazi en Costa Rica, liderados, entre otras personas, por los escritores Octavio Jiménez y Emilia Prieto.

El punto de quiebre fue el mencionado bombardeo a la base de Pearl Harbor, Hawái, el cual motivó a Calderón para declarar la guerra a las potencias del Eje. Como reacción, en julio de 1942 un submarino del Tercer Reich bombardeó el barco San Pablo, propiedad de la bananera estadounidense United Fruit Company (UFCO).

Según el historiador y docente de la Universidad de Costa Rica (UCR), Axel Alvarado, las consecuencias económicas y políticas fueron evidentes. El San Pablo traía en sus bodegas sacos de harina, muchos de los cuales se perdieron. Esto provocó desabastecimiento y especulación de precios.
Al día siguiente del ataque inició una “cacería de brujas” que implicó la detención de los alemanes o descendientes de alemanes en territorio costarricense. A ellos se les confiscaron sus bienes, se les recluyó en campos de detención y finalmente fueron expulsados del país. Similar suerte corrieron los italianos, japoneses y españoles.

Por ejemplo, la panadería Musmanni de San José, propiedad de italianos, fue atacada, sus vidrios quebrados y sus pertenencias saqueadas. Estuvo cerrada temporalmente. Asimismo, la tienda Universal, propiedad de la familia Federspiel, fue objeto de ataques y tuvo que publicarse un artículo en La Prensa Libre para apaciguar los ánimos.
El Club Alemán fue cerrado y posteriormente se convirtió en un colegio público, hoy conocido como Liceo Napoleón Quesada. Se levantó y publicó en periódicos una “Lista negra” de personas con las cuales los costarricenses no podían mantener negocios.

Se abrió un campo de detención en la Avenida 10 de San José, donde hoy se ubica el Mercado de Mayoreo, para recluir ahí a los alemanes e italianos para que no pudieran comunicarse con sus países de origen. Además, la Penitenciaría Central (hoy Museo de los Niños) y un sector del parque La Sabana también funcionaron como campos de detención.

Entre mayo de 1941 y enero de 1943 el gobierno expulsó a seis grupos de alemanes, italianos y japoneses, incluyendo mujeres y niños.
“(A los alemanes e italianos) se les encerró y posteriormente se les expulsó del país a un campo de detención en los Estados Unidos. Muchos nunca regresaron al país perdiendo así todas sus propiedades”, explicó Alvarado en un artículo publicado en la página web de la UCR.
Otros volvieron al país después de terminada la guerra, en 1945, para tratar de recuperar sus propiedades. Ellos alegaban que los arrestos fueron improcedentes, ya que eran ciudadanos costarricenses con apellido alemán, lo que bastó para que se les tratara como enemigos. Algunos nunca recuperaron lo confiscado, y los pagos de indemnización fueron irrisorios.
“Tal vez había alguno que fuera espía, pero, ¿Alemania envió espías a Costa Rica? Las probabilidades eran casi nulas. Sus propiedades eran suyas a todo derecho. No había fundamentos para las sospechas. No eran delincuentes. La manifestación se volvió violenta contra todos los alemanes e italianos residentes en el país, pero no todos tenían la culpa", declaró Faingezicht, descendiente de judíos afectados por el Holocausto.
Pese a las múltiples manifestaciones del nazismo en Costa Rica, Faingezicht reconoce que sus papás, Simón y Esther, siempre estuvieron agradecidos con el recibimiento de los ciudadanos.
“Venían de ver fallecer a toda su familia, de pasar dos años en quince escondites. Llegan a Costa Rica y todo el mundo era amistoso. Yo recuerdo ir caminando por el parque de Alajuela con mi mamá y ella me decía ‘aquí no tenemos problema, podemos caminar solas, aquí no nos va a pasar nada’. Eso era un cambio grande, caminar tranquilamente por las calles. Ellos tenían mucho agradecimiento a la vida por haber venido a vivir aquí”, reconoció al escritora.
Para Faingezicht, la historia de la Segunda Guerra Mundial y sus repercusiones en Costa Rica se describe bajo el concepto de la intolerancia hacia las diferencias. Por eso, esta hija de sobrevivientes recomendó practicar el respeto y el cariño hacia el diferente. “Acojamos a los migrantes como acogimos a los judíos; el mundo se compone de gente que camina de un rumbo para otro”.



