Revista Dominical

Isla del Coco: respuestas a todas sus dudas sobre este tesoro de Costa Rica

Los costarricenses sabemos poco, muy poco, sobre nuestro parque nacional más lejano, uno que es Patrimonio Natural de la Humanidad según la Unesco y en cuyas aguas los turistas extranjeros bucean entre tiburones. Tras una visita a este paraíso, estas son las preguntas que suelen contestar los dichosos que por allá han andado

Las vistas en el ascenso al Cerro Yglesias, la mayor montaña de la Isla del Coco, son impresionantes. Foto: John Durán

Varias de las fotografías que ilustran este reportaje fueron tomadas con teléfonos Huawei P60 Pro y Huawei Mate50 Pro.

De previo a mi viaje a la Isla del Coco, una colega periodista que ya había ido por allá me resumió todo lo que iba a experimentar y sentir en una frase: “La isla se te queda en la piel”. Y así fue.

Durante una semana del pasado mayo, el fotoperiodista John Durán y yo estuvimos en el Parque Nacional Isla del Coco, gracias a las facilidades y colaboración brindada por los funcionarios del Área de Conservación Marina Coco (ACMC) del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC). Allá convivimos con los guardaparques, voluntarios y paramédicos; buceamos entre tiburones; subimos el Cerro Yglesias; compartimos tazas de café e historias: vimos llover (mucho); caminamos (mucho); exploramos cuevas, ríos y cataratas, y aprendimos que en realidad de la Isla del Coco sabemos poco, muy poco, y que tenemos mucho, mucho por descubrirle, aún a la distancia.

Tras volver “al continente”, las preguntas de quienes se enteran que uno visitó la isla son inagotables. La vida en el territorio más lejano y aislado de Costa Rica nos parece salida de un relato de aventuras y en buena parte así lo es.

Son muchas las historias que tenemos por compartir con nuestros lectores sobre lo vivido y visto allá. Sin embargo, para empezar como se debe, esta primera entrega la dedicamos a responder todas las preguntas que son comunes alrededor de la Isla del Coco.

Partamos de la básico:

Quizás el que siempre la hayamos visto como un recuadrito en los mapas de Costa Rica ha incidido en que no todos tengan claridad de lo lejos, muy lejos, que está la Isla del Coco con respecto al resto del país. La isla está a 535 kilómetros al suroeste de Cabo Blanco, en el océano Pacífico. Para que se haga una idea, esto es más que la distancia que hay que manejar para ir de Paso Canoas a Peñas Blancas (519 kilómetros).

La travesía desde Puntarenas por lo general toma unas 36 horas, mientras que el regreso desde la isla hacia el continente puede ser más rápido, pero no menor a 30 horas. En palabras sencillas, el trayecto de ida es contra corriente, de ahí la diferencia en los tiempos. Por lo general a los viajeros les corresponderá pasar dos noches en altamar a la ida y al menos una al regreso.

Está de más decirlo, pero no hay ningún servicio de transporte público que comunique a la Isla del Coco con el resto de Costa Rica. Quienes viajan hacia allá lo hacen en barcos de empresas privadas, varias de las cuales tienen convenios con el Estado para el traslado de funcionarios, voluntarios y suministros.

La isla es parte del cantón central de Puntarenas (es su distrito 10), pero lo cierto es que el municipio porteño tiene poca injerencia en ella (y olvídese de conseguir un churchill en aquellas latitudes). La isla es parte del Parque Nacional Isla del Coco (PNIC), que a su vez es un área protegida administrada por el Área de Conservación Marina Coco (ACMC), del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) del Ministerio del Ambiente y Energía (MINAE). El ACMC también incluye el Área Marina de Manejo del Bicentenario(AMMB).

Los tiburones martillo son la especie con la que más se asocia a la Isla del Coco. Turistas de todo el mundo visitan el parque nacional para bucear y apreciar a estos maravillosos animales. (John Durán)

Tome nota:

El Parque Nacional Isla del Coco, creado en 1978, fue declarado Sitio Natural Patrimonio de la Humanidad en 1997, en la categoría Natural por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).

En 1998 recibe la denominación de Humedal Protegido de Importancia Internacional, otorgada por la Convención Ramsar.

El gobierno de Costa Rica, por medio del Ministerio de Cultura y Juventud, le otorgó la declaratoria de Patrimonio Histórico-Arquitectónico, el 20 de noviembre del 2002.

En el 2019, el Marine Conservation Institute designa al PNIC como un “Refugio Global Oceánico” GLORES.

Al ser un parque nacional, su cuidado y administración está a cargo de funcionarios del SINAC. Su equipo está conformado por unas 30 personas, de las cuales una decena permanece en la oficina administrativa, la cual curiosamente no está en Puntarenas sino en Santo Domingo de Heredia (en el antiguo Inbio), mientras que los 20 restantes son los guardaparques que atienden el PNIC, divididos en dos grupos que se rotan en turnos de 30 días ininterrumpidos en la isla y 22 de descanso en el continente. Vale decir que ese mes completo en la isla es el turno continuo más largo entre todos los funcionarios públicos del país.

Decenas de especies de aves marinas anidan en los islotes que rodean a la Isla del Coco. (JOHN DURAN)

En realidad nadie vive de modo permanente en la Isla del Coco. En cualquier momento del año se encuentran allá unas 20 personas, entre guardaparques, voluntarios y dos bomberos paramédicos del Benemérito Cuerpo de Bomberos, quienes se encargan de atender cualquier emergencia de salud (estos también se rotan cada mes). También hay visitantes ocasionales, como investigadores, funcionarios de otras instituciones públicas e invitados (los medios de prensa cabemos en esta última categoría).

Es cierto: desde el 2005 el Tribunal Supremo de Elecciones declaró al PNIC como distrito electoral, lo que ha permitido que quienes estén en la isla al momento de las elecciones nacionales pueden ejercer allá su derecho al voto. Dado que ninguno de los guardaparques, bomberos y voluntarios son residentes permanentes de la isla, aquellos que con anticipación saben que estarán allá a la fecha de los comicios deben pedir al TSE un cambio de domicilio electoral, a fin de estar inscritos como votantes en este particular distrito puntarenense. Y si bien es admirable que el ejercicio democrático sea parte de la vida en la Isla del Coco, los votantes que ahí marcan sus papeletas en realidad no siempre son vecinos de Puntarenas (cantón y/o provincia), sino que regularmente pueden habitar en Heredia, Limón o Cartago, pero por esa ocasión votan por diputados puntarenenses.

Vista de la Bahía Wafer, principal punto de entrada a la Isla del Coco. En la isla no hay muelles, por lo que todos los suministros que llegan desde el continente a veces deben descargarse dentro del agua. (Víctor Fernández G.)

Sí. Pese a la distancia, la isla está dentro del mismo huso horario: UTC-6.

De extremos. En el verano el calor es inclemente y la lluvia disminuye pero no del todo (por algo la isla está verde todo el año). En el invierno, por su parte, llueve a diario y mucho.

La Isla del Coco tiene un tamaño insular de 24 km². Sin embargo, el PNIC es el más grande entre los parques nacionales de Costa Rica, dado que desde el 2021 se ampliaron sus límites y ahora cubre el espacio marino de 54.844 km². Además, el Área de Conservación Marina Coco (ACMC) es la más grande entre las once áreas de conservación que conforman el SINAC, pues además del PNIC también incluye el Área Marina de Manejo del Bicentenario (AMMB), la cual cubre un espacio marino de 106.285 km². Entre el PNIC y el AMMB se protege el 30% del territorio marino costarricense.

El principal complejo de la isla se ubica en la Bahía Wafer, donde están las oficinas administrativas, talleres de mantenimiento, bodegas, residencias de los guardaparques, la estación de bomberos, vivero, compostera y los complejos habitacionales Villa Beatriz (capacidad para hospedar 12 personas, con cinco baños y el área de cocina-comedor). Además, allí se ubica el Centro de Operaciones para Voluntarios e Investigadores (COVI), donde se pueden hospedar hasta 30 personas.

En el 2015, en la Bahía Chatham, se construyó un moderno edificio en la parte alta del cerro Aguacate denominado Centro de Control y Vigilancia de la Isla del Coco, el cual se suponía sería utilizado por los cuerpos policiales. El edificio nunca entró en funcionamiento y a la fecha se encuentra abandonado y mal equipado.

Sí. La isla cuenta con dos plantas hidroeléctricas, Liévre y Genio, siendo esta última la que provee la energía eléctrica para el complejo de Bahía Wafer. Inaugurado por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) en el 2005, el Proyecto Hidroeléctrico Genio se nutre de las aguas del río del mismo nombre y consta de una casa de máquinas alimentada por el agua que se capta un kilómetro río arriba en el embalse de una pequeña represa. Todos los sábados, los funcionarios y voluntarios le dan mantenimiento a la represa, la cual deben vaciar para limpiar con palas el sedimento, palos y piedras que se acumulan, especialmente en la intensa temporada lluviosa. Genio puede producir 15 KW a máxima capacidad.

Cuando la hidroeléctrica falla (lo cual no es nada raro) o durante la temporada de verano, cuando baja el caudal del río, se debe echar mano a una planta eléctrica térmica. El combustible que se requiere para su funcionamiento se transporta en barco desde el continente en estañones.

La planta hidroeléctrica Liévre no tiene por ahora mayor incidencia en las actividades humanas de la isla.

El trabajo del ICE permitió que la isla esté comunicada con el resto de Costa Rica: allá cuentan con Internet inalámbrico y los clientes de Kolbi tienen cobertura celular. (John Durán)

Sí. Gracias al ICE, los complejos habitacionales de Bahía Wafer tienen acceso a Internet mediante una red inalámbrica y en el área de Bahía Wafer los clientes de Kolbi cuentan con cobertura de telefonía celular. En el caso de los clientes de las telefónicas privadas, deben resignarse a perder señal a los pocos kilómetros de zarpar de Puntarenas y recuperar la conexión hasta que regresen al continente.

No. En estos momentos en la isla no hay servicio de televisión, ni siquiera satelital. Los guardaparques suelen entretenerse en las noches viendo capítulos de series que descargan previamente en una computadora. La señal de Internet es limitada, por lo que no soporta servicios de streaming.

Isla del Coco es, por obvias razones de lejanía, el único parque nacional en el que se brinda la alimentación completa a los guardaparques y voluntarios. Dos funcionarias del SINAC se encargan de la preparación de los alimentos y hay cinco tiempos de comida: desayuno, refrigerio, almuerzo, café y cena. En esos momentos todas las personas que están en la isla se reúnen en el comedor de Villa Beatriz y cada quien es responsable de servirse y luego de lavar sus platos y cubiertos.

La Isla del Coco no es autosuficiente en materia alimentaria, por lo que la mayoría de los insumos para la cocina deben enviarse desde el continente. Sin embargo, los funcionarios mantienen un vivero en el que se cultivan hortalizas y frutas que ayudan a incorporar ingredientes frescos.

¿Qué se come? De todo y, nota personal, todo es riquísimo. En el tiempo que estuvimos allá, la cuchara de doña Flor, de Kattia y de Silvia (voluntaria) fue espectacular. En los tiempos de comida hay abundancia de carbohidratos y proteínas, lo cual se explica dado que cualquier labor en la isla implica actividad física.

Sí, claro. Hay un área de lavadora compartida y, eso sí, cada persona debe llevar su propio detergente. También hay una secadora, lo cual ahí es un servicio de primera necesidad, pues en vista de la altísima humedad y constante lluvia, es utópico pensar que la ropa se va a secar colgándola de un alambre.

El buceo es el principal atractivo de la isla. Aquí un grupo de guardaparques, quienes deben monitorear tanto fuera como dentro del agua la actividad turística. (John Durán)

La Isla del Coco es uno de los 10 mejores sitios para buceo DEL MUNDO. Entonces, el turismo que llega hasta ella es altamente especializado, compuesto principalmente por visitantes europeos y norteamericanos amantes de la exploración submarina.

La isla no cuenta con infraestructura para hospedar a los turistas, por lo que estos permanecen la mayor parte de su estadía a bordo del barco que los llevó, donde cuentan con todo tipo de servicios de lujo, además de apoyo para sus inmersiones de buceo.

Dado que el turismo ahí es de nicho, y bastante costoso, la Isla del Coco no es uno de los atractivos que Costa Rica promociona con particular ahínco en el extranjero. Para que se haga una idea, al año el PNIC recibe a unos 2500 turistas, mientras que en un parque “estrella” como es el caso de Manuel Antonio, recientemente el gobierno intentó, sin éxito, que se dejara entrar a 3000 turistas por día.

Mucho. Un turista suizo con el que compartimos el viaje de ida y regreso nos contó que pagó $7000 (¢3.793.000) por un paquete que incluía el traslado ida y vuelta a la isla desde Puntarenas, el hospedaje en el barco, la alimentación y los servicios de buceo (su grupo hizo 21 inmersiones en siete días). Por aparte deben cancelar la permanencia en el parque nacional, así como otros gastos logísticos y propinas para la tripulación.

La mayoría de estos buzos ya cuentan con su propio equipo (traje, patas de rana, cámaras fotográficas, etc), con el cual viajan desde su país de origen. En el barco solo se les brinda el tanque para respirar bajo el agua.

No todos. Su objetivo es bucear, por lo que quizá solo visitan la isla para algunas fotos y regresan al barco. Algunos sí se aventuran a recorrer los senderos pero es claro que, desde el punto de vista turístico, el atractivo principal de la Isla del Coco está bajo sus aguas, no en tierra firme.

El SINAC tiene convenios de cooperación con las empresas que hacen el turismo de buceo en la isla, a fin de trasladar en sus barcos a funcionarios y bienes. Cada 30 días parte un viaje exclusivo para guardaparques, voluntarios y paramédicos, quienes van y regresan juntos a cumplir su rol de un mes en la isla. A este servicio se le denominada “de contrato” y no lleva turistas.

Adicionalmente, en otras ocasiones los barcos que sí van de tour de buceo llevan a personas que el ACMC les solicite (investigadores, invitados, representantes de otras instituciones). A estos viajes se les denomina “de convenio” y, al menos en nuestra experiencia, el trato es bastante diferenciado entre los turistas foráneos y el pasajero “del parque”. En el barco Okeanos III el capitán nos indicó que, por ejemplo, no podíamos usar el comedor, como los foráneos, sino que debíamos ir a comer a cubierta, y el “dormitorio” es un espacio claustrofóbico no más grande que un armario en el que las tres literas remiten, inevitablemente, a ataúdes, cuyo baño (la ducha está encima del inodoro) es compartido con el capitán y otros miembros de la tripulación. Nosotros simplemente nos resignamos a no dormir en el viaje: resultó imposible en aquel estrecho y despachador cubículo, muy distinto a las confortables habitaciones destinadas a los turistas.

Por estos viajes de convenio, las empresas turísticas son exoneradas del pago por ingreso de su tripulación al parque nacional, el pago de buceo de sus guías y el fondeo de la embarcación.

En cuanto a los funcionarios, aquellos que no residen en Puntarenas deben llegar por sus propios medios al puerto para el abordaje y luego igual para regresar a sus casas.

Durante la temporada de lluvias, el parque nacional es un muestrario de cataratas. Un recorrido en bote alrededor de la isla es una oportunidad para apreciar muchas de estas espectaculares caídas de agua, las cuales son inaccesibles desde tierra adentro. (JOHN DURAN)

El PNIC tiene precios de admisión distintos al resto de parques nacionales del país:

  • Tarifa de ingreso: $50 por día para no residentes y $25 para nacionales y residentes.
  • Tarifa por derecho de buceo: $20 por día.
  • Tarifa por derecho de filmación: $500 por día
  • Tarifas por derecho de anclaje: Desde $40 hasta $400 por día, dependiendo de la eslora.
  • Tarifas por concepto de amarizaje: Desde $50 hasta $200 por día, dependiendo de la capacidad de los hidroaviones.

Primero: dichoso. Y sí, claro que puede hacerlo, pero no es como que uno solo puede llegar y ya, pues primero debe contar con una autorización de ingreso al parque nacional por parte de la dirección del Área de Conservación Marina Coco. Para esto debe llenar un formulario, el cual presentará al menos 15 días antes de la fecha prevista de ingreso al PNIC. En el caso de aquellas personas que quieran bucear, deben contar, mínimo, con la licencia de buceo recreativo (open water), además de tener su propio equipo de buceo.

Flor Trejos es una de las funcionarias a cargo de la cocina del parque nacional. Foto: John Durán.

Sí, pero no como las que se encuentran en el continente, pues no tiene camión rojo ni es para apagar incendios. La instalación del Cuerpo de Bomberos más lejana se terminó de construir este 2023 y viene siendo más bien una especie de estación de atención médica primaria (imagínese algo como un Ebais). Está a cargo de dos bomberos paramédicos, quienes velan por la salud de todas las personas que están en la isla, en caso de lesiones o enfermedades no graves. Ahí se atiende tanto a funcionarios y voluntarios como también a turistas e incluso a pescadores: los paramédicos valoran a los pacientes y consultan vía telefónica con un doctor en San José.

En contadas ocasiones, cuando la condición de salud del paciente es delicada, el paramédico supervisa el traslado de emergencia de la persona al continente, la cual se hace en una lancha patrullera que siempre está en la isla.

A los buzos que visitan la Isla del Coco se les advierte que en caso de sufrir una descompresión al efectuar un ascenso muy rápido hacia la superficie (el nitrógeno en el cuerpo al disminuir la presión puede generar burbujas en los tejidos e incluso provocar la muerte), la isla no cuenta con una cámara hiperbárica y que la más cercana se encuentra a más de 500 kilómetros de distancia. En otras palabras: cada quien bucea bajo su propio riesgo.

Sí, aunque no todas las especies se dejan ver por igual. La más emblemática y fácil de ver para los buzos es el tiburón martillo, que se cuenta en gran cantidad en las aguas alrededor de la isla y nada cerca de las personas sin inmutarse. El otro tiburón muy asociado con la Isla del Coco es el tigre, el cual es mucho más esquivo pero no por eso difícil de apreciar, solo hay que tener buen ojo y paciencia. Y bueno, la vida marina ahí es deslumbrante: casi que en cualquier punto de sus aguas con solo meter la cabeza es fácil apreciar una diversidad que abruma al ojo primerizo (de la exploración submarina en la Isla del Coco tendremos un reportaje exclusivo en las próximas ediciones).

Los funcionarios y voluntarios deben vaciar el embalse de la planta hidroeléctrica todas las semanas y limpiarlo de sedimentos y otros materiales que arrastra el río. Es una tarea extenuante. Aquí la guardaparques y administradora del parque Katherine Quirós y el paramédico Erick Moreno. (Víctor Fernández G.)

La Isla del Coco es un santuario de aves marinas, con decenas de especies anidando en las rocas de lo islotes o bien en los árboles cercanos al mar. Igualmente, la variedad de insectos es amplia. Sin embargo, la isla tiene la particularidad de no contar con mamíferos, al menos no endémicos. Tampoco hay culebras.

Los mamíferos de la Isla del Coco no formaban parte originalmente de su ecosistema. El ser humano fue el responsable de la introducción en este territorio de cerdos, gatos, ratas y venados cola blanca: los cerdos fueron llevados siglos atrás por marineros y piratas europeos a fin de contar con carne en posteriores visitas, y lo mismo pasó con el venado, el cual fue introducido desde Costa Rica a inicios del siglo XX. En tanto, las ratas llegaron sin que nadie las invitara en los navíos que por ahí pasaban y detrás de ellas lo hicieron los gatos.

Dado que en la isla no hay ningún depredador que cace a esas especies, todas se han reproducido sin control, al punto que los cerdos desde hace mucho se hicieron salvajes y se encuentran por todo el territorio.

Lindos y dañinos. Estos animales, así como las ratas y los gatos, son especies invasoras en la isla que alteran el ecosistema y ponen en riesgo a las especies endémicas, tanto de animales como de plantas. Los cerdos, por ejemplo, se alimentan de retoños y raíces de plantas del bosque, además de que generan erosión en los ríos, en tanto que los gatos cazan a aves silvestres que no están acostumbradas a huir de depredadores. Y ni qué decir de las ratas, que aprendieron a escalar árboles y atacan los nidos, además de matar a cangrejos y langostinos.

Los venados y los cerdos son mamíferos introducidos por el ser humano en la isla y que hoy son una amenaza para el ecosistema. Al no tener depredadores naturales, sus poblaciones se han disparado, causando todo tipo de afectaciones. (Víctor Fernández G.)

Pues de todo: son como la versión humana de una cuchilla suiza. En la Isla del Coco sus funciones incluyen el monitoreo de especies, mantenimiento de los senderos, cuidado de la planta hidroeléctrica, coordinación y atención de los barcos visitantes, mantenimiento de equipos, conducción de vehículos de trabajo pesado como un “chapulín” y una “mula”, vigilancia de pesca ilegal (y narcotráfico) en las aguas alrededor de la isla, rescate de pescadores, operaciones de buceo (sí, todos son buzos con licencia y tienen sus propios equipos, provistos por el Estado), coordinación con cuerpos policiales y hasta labores de migración, dado que a la isla llegan muchos extranjeros que no pasaron por otros puntos de entrada a Costa Rica. Incluso, en la semana que estuvimos con ellos, salieron de madrugada a rescatar a uno de los barcos turísticos que, tras quedar a la deriva, estuvo a punto de encallar en la Bahía Wafer, poniendo en riesgo a todos sus ocupantes y a la misma isla, por la posibilidad de que se diera un desastre ecológico en las aguas.

Aún así, en la clasificación de puestos de trabajo y profesiones que se maneja en el país, el guardaparques no está reconocido como tal. En sus órdenes patronales se indica que son “oficiales de seguridad” y el capitán que conduce las lanchas de vigilancia y la patrullera es catalogado, laboralmente, como un “chofer”.

No. En distintos momentos históricos ha habido presencia de oficiales de la Fuerza Pública pero actualmente no hay participación del Ministerio de Seguridad en el cuidado de este remoto territorio. Además, el Servicio de Guardacostas no la incluye hoy en sus patrullajes ni cuenta con presencia en la isla. Como dijimos antes, el Centro de Control y Vigilancia de la Isla del Coco se construyó pero nunca entró en funcionamiento y hoy está abandonado.

Hay que decirlo: la gran mayoría de los costarricenses nunca conocerán la Isla del Coco. El “selfie” con el rótulo que identifica al parque nacional debe ser el más difícil de obtener, incluso más que el del Chirripó, por razones de distancia, costos y logística. Aún así, hay un modo accesible para los costarricenses de pasar una temporada en ese paraíso y es por medio del programa de voluntariado.

El recurso humano que el SINAC puede destinar a la Isla del Coco es limitado, por lo que los voluntarios son una absoluta necesidad. Por medio de sus redes sociales, la administración anuncia la recepción de solicitudes de voluntariado, a las cuales puede aplicar cualquier persona mayor de edad.

Irse de voluntario a la isla implica destinar 30 días exclusivos para ayudar en lo que sea, en lo que se necesite, en lo que le indiquen. Es un trabajo ad honorem que se hace en coordinación con los guardaparques y en que se asiste por igual en la cocina que en tareas de mantenimiento, limpieza o compostaje. Se busca gente con iniciativa, chispa, que genere soluciones en un sitio donde los recursos son limitados y no hay ferreterías o supermercados: se trabaja con lo que hay y todos deben echar mano al McGyver que llevan por dentro.

Para mayor información puede escribir a isladelcoco@sinac.go.cr.

Markus Murillo, guardaparques de la Isla del Coco, abre camino en la ruta a la cima del cerro Yglesias. Foto: John Durán.

Hay que entender que quienes trabajan en la Isla del Coco están 100% del tiempo en el trabajo, aún en su tiempo libre. No es como que pueden desconectarse e irse a casa, pues viven por 30 días en “la oficina”. Es un sitio en el que lo imprevisto es la rutina y donde un día hay que asistir a pescadores cuyo barco sufrió un desperfecto en el motor, al siguiente se debe bucear en el mar para limpiar desde abajo el casco de la patrullera o bien irse a volar machete con tal de abrir de nuevo la trocha hacia la cima del cerro Yglesias, que la naturaleza se empeña en querer recuperar.

Vale decir que el Yglesias es el cerro más alto de cualquier territorio insular costarricense, con 630 msnm, y posee el bosque nuboso de menor altitud del mundo (inicia a unos 400 msnm). Su ascenso es una prueba física extrema, en un trayecto de unos 7 kilómetros el que se combina un camino empinado con una altísima humedad, con tramos en los que incluso hay que echar mano de cuerdas para vencer las pendientes. Alcanzar su cima, donde la vista es increíble, para este periodista fue un logro supremo, uno que en lo personal valoro más que el ascenso que hace unos años hice al Chirripó, pues en la isla experimenté un mayor grado de dificultad (tanto así que mis botas de montaña no pudieron contar el cuento, tras sumergirse en el barro y los ríos de la isla).

Volviendo al voluntariado, es una experiencia para cualquier persona que quiera ‘resetear’ su vida. Destinar 30 días a ser útil en uno de los lugares más hermosos y místicos de Costa Rica le cambia la perspectiva a cualquiera. A mí me pasó y eso que solo estuve una semana.

En cuanto al entretenimiento, pues la tertulia es el principal distractor. La gente se junta en el comedor y las pláticas abarcan todos los tópicos posibles, en un ambiente de camaradería muy propio de las personas que tienen que verse, sí o sí, todos los días. Además, curioso detalle, la Isla del Coco debe ser el lugar más abstemio de Costa Rica, pues al tratarse de un parque nacional, quienes están ahí no prueban una gota de alcohol durante toda su permanencia, no pueden: no está la opción de ir a tomarse una cerveza o una copa de vino “a la salida del trabajo”, pues esta gente vive en el trabajo y ahí es prohibido. Distinta situación se da con los turistas extranjeros, quienes al parecer tienen open bar desde que salen de Puntarenas, aún cuando están en las aguas del área protegida (al menos así fue en el caso del barco en el que nos correspondió viajar).

Pero bueno, no nos vamos a quejar: nadie ocupa un trago para apreciar un cielo estrellado como el de la Isla del Coco. Es algo que ni me esfuerzo en explicar: las palabras no son suficientes.

El fotoperiodista John Durán (izquierda) y el periodista y editor de 'Revista Dominical', Víctor Fernández, visitaron durante una semana, en mayo de este año, el Parque Nacional Isla del Coco. Aquí en medio del bosque nuboso del Cerro Yglesias.

No se sabe y posiblemente nunca se sabrá. Desde inicios del Siglo XVII se documentaron múltiples expediciones de barcos europeos a la Isla del Coco y sabido es que los piratas y balleneros que operaban en el Pacífico la tenían como sitio de abastecimiento de agua fresca y descanso. Múltiples versiones dan cuenta de que en algún punto de la isla está oculto un tesoro de valor incalculable, producto supuestamente del saqueo de un cargamento que salió de Lima compuesto por todo tipo de joyas y objetos de metales preciosos. Muchos aventureros extranjeros se embarcaron (literal y figuradamente) en pos de dar con el legendario tesoro de la Isla del Coco, invirtiendo sus patrimonios en infructuosas expediciones, siendo el caso más notable el del alemán Augusto Gissler, quien excavó por toda la isla por más de 20 años e incluso fue nombrado gobernador por parte del gobierno de Costa Rica, entre 1897 y 1906 (a él se debe la creación del complejo de cuevas Gissler, uno de los particulares atractivos turísticos de la isla).

Está de más decir que este tipo de aventuras hace décadas dejaron de ser posibles en el área protegida y la verdad es que el supuesto tesoro quedará en el misterio. Sin la certeza de si hay lingotes de oro o gemas preciosas enterradas entre sus arenas o escondidas para siempre en una de sus tantas cuevas, la Isla del Coco hace rato demostró que el tesoro es ella misma, que sus joyas nadan libres entre aguas cristalinas y que los valientes guardianes que custodian esa lejana y exótica frontera valen su peso en oro.

El islote Manuelita es la más emblemática entre todas las formaciones rocosas que rodean la isla, especialmente por su parecido con un rostro humano. En sus aguas están algunos de los mejores puntos de buceo del parque nacional. (Víctor Fernández G.)
Mapa de la Isla del Coco, Costa Rica. Fotografía de Shutterstock (Shutterstock)
Víctor Fernández G.

Víctor Fernández G.

Jefe de información de Entretenimiento. Ingresó al Grupo Nación como periodista de espectáculos al diario Al Día en 1999 y luego pasó a La Nación y al periódico juvenil Vuelta en U, del cual fue su director. Graduado de la Universidad de Costa Rica.

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